JESÚS LÓPEZ MEDEL * LA MILICIA UNIVERSITARIA. ALFÉRECES PARA LA PAZ  (Un libro de López Medel, comentado por José Mª. García Escudero)
   

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EJÉRCITO Y UNIVERSIDAD
LA  MILICIA UNIVERSITARIA. ALFÉRECES PARA LA PAZ 

(Un libro de López Medel, comentado por José Mª. García Escudero)


El "11 de septiembre" supuso, según afirmación del filósofo español Julián Marías, en el fondo, el verdadero comienzo del siglo XXI. Con una serie de "consecuencias y efectos en el orden ético, jurídico, social y político", como el autor de la obra de la que aquí se va a informar, subrayó en su conferencia en junio de  2002, en la Real Academia de Doctores de Madrid (España).

En un análisis aún más completo --no todos los aaspectos pudieron ser analizados--, ya quedó apuntado el replanteamiento que supuso aquél fenómeno de un terrorismo --imposible de prever y ni siquiera de imaginar-- en el área de la estrategia militar y de las Fuerzas Armadas. En todos los países, y a nivel internacional.

La pregunta sería la siguiente. ¿Qué papel habrá que asignar, en ese panorama mundial, a los Ejércitos?. Lo que es evidente, en esa nueva Cultura de la Defensa es que la Sociedad tiene mucho que decir. Especialmente, en el aspecto humano, que es el soldado, y el profesional de las Fuerzas Armadas. Hechos posteriores bélicos al 11-S lo confirman.


Cabría hacer un estudio comparado. Y sobre todo histórico. Singularmente por el lado de las aportaciones recíprocas de la Universidad al Ejército y del Ejército a la Universidad. El autor de la obra "La Milicia Universitaria. Alféceres para la paz",  en las tres ediciones de las que damos noticia, es un jurista aragonés. Nacido el 16 de junio de 1927, en la ciudad de Daroca (Zaragoza), hijo de una familia trabajadora, Doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales, autor de un centenar de libros y monografías, entre las que cabe recordar las dos ediciones de su libro "Ejército y Universidad" (1963), Premio Nacional de Literatura, Profesor de Filosofía y Metodología de las Ciencias Sociales en la Universidad Complutense, educador en diversas instituciones, Presidente que fue de la Federación Europea de Centros de Enseñanza (FEDE), miembro de varias Academias, profesor visitante en catorce países hispanoamericanos, con estudios de investigación en Austria, Italia, Estados Unidos y Alemania, en su especialidad filosófico-jurídica.

La Milicia Universitaria. Alféreces para la paz"  lleva la tercera edición, revisada y ampliada, Editorial Fragua (C/Andrés Mellado, 67, de Madrid); ISBN números 84-7074-093-8, 84-7074-103-9 y 84-7074-12-4, para cada respectiva edición.

Aparte de esa información, seguramente, la mejor crítica y sobre todo, su trascendencia respeto al tema actual, entre la secularización del militarismo, la objeción de conciencia armada, o el antimilitarismo subconsciente, que predomina en el tipo de sociedad que tenemos, lo podemos encontrar en el análisis que el Consejero Togado del Aire, escritor, Notario, Letrado de las Cortes y Profesor, José Antonio García Escudero, hace de aquella obra. Casi podría decirse que ha existido un magisterio intelectual -castrense- aunque con vicisitudes diferentes, entre García Escudero y López Medel. Por eso, en esta información, vamos a dar paso, resumidamente, al texto firmado con que García Escudero ha participado en el "Libro Homenaje a Jesús López Medel", Madrid, 1999, dos volúmenes, 2.403 páginas, con casi un centenar de estudios firmados por juristas españoles y extranjeros. Del trabajo, pues, de García Escudero, que lleva las páginas 2273-2281, del volumen II, vamos a extraer algunos de su párrafos más  significativos.

De ellos podrá explicarse la existencia de la Milicia Universitaria, es decir, la participación de los universitarios de los cuadros  de mando de los ejércitos, no sólo en su aspecto histórico -guerra de Independencia, guerras carlistas, y aún más atrás las Ordenes Militares con ocasión de las Cruzadas- sino en esa experiencia más reciente, normativizada en la Ley de la Oficialidad de Complemento de 1918, de la que formaron parte destacados políticos, intelectuales y profesionales en la sociedad civil, y de los propios Ejércitos. Tras la Guerra Civil de 1936, de España, cuando "ya no fue posible la paz" en cuanto a los "alféreces provisionales" (zona nacional) y los "tenientes de campaña" (zona republicana), va a surgir  La Milicia Universitaria, que con ese nombre terminaría en 1973, aunque continuase con otras siglas y más reducidamente hasta el año 2001, cuando la profesionalidad del soldado de filas entra en vigor. Una Ley de 1999 pudiera haber dado un respiro a esa Oficialidad de Complemento, pero no se ha contemplado la que procede de la Universidad. ¿Qué papel cabría hoy asignar en España --como ocurre en otros países-- a ese tipo de oficialidad, que es de hecho, "reserva", para los cometidos militares y aun civiles del Ejército en la sociedad contemporánea?.

En los textos de García Escudero --que es todo un ensayo, redactado poco más de un año antes de fallecer--, el lector podrá ver lo que constituye una inédita aproximación histórica a lo que ha sido La Milicia Universitaria,  con lo que tiene de análisis de la propia sociedad y de la Universidad en los momentos sucesivos. Los índices de las distintas ediciones, muestran asimismo la localización geográfica de los campamentos. También, el repertorio humano de los casi 200.000 alféreces de complemento y sargentos que pasaron por el Ejército, desde la sociedad española, y que en su mayor parte volvieron a aquélla, con la huella indeleble de su paso por las Fuerzas Armadas, y muchos de ellos con gran prestigio profesional, público, político, científico, artístico, jurídico, etc

José Mª. García Escudero
Escritor
Consejero Togado del Aire


TEXTO DEL GENERAL CONSEJERO TOGADO DEL AIRE,
JOSÉ Mª. GARCÍA ESCUDERO


"Ejército y Universidad, así enlazados, vuelven a estar en primer plano. El 11 de noviembre de 1997, bajo la presidencia de los Reyes de España, se inauguró el "Instituto Universitario Gutiérrez Mellado de estudios sobre la paz, la seguridad y la defensa", en el seno de la Universidad Nacional a distancia, y en su intervención, Don Juan Carlos se refirió a la Universidad como el lugar más idóneo para el encuentro con el Ejército, "haciendo más sólidos y duraderos los lazos que ya os vinculan", para incrementar "el mayor conocimiento y la mutua estima".

En otro plano, el de los medios de comunicación social, se ha iniciado la campaña para popularizar el Ejército y sus valores en los destinatarios de tales medios, con vista sobre todo a la promoción de incorporaciones al nuevo Ejército profesional.

No hay que discutir la necesidad de esa campaña. A una época en que el Ejército constituía el modelo indiscutible para una sociedad que en buena medida se configuraba con arreglo a ese modelo (lo cual era una notoria exageración), ha sucedido otra de rechazo al Ejército, que, expresado primeramente por los objetores de conciencia, se ha extendido, como es comprobable, fuera de ellos. La legitimidad de la objeción de conciencia ha sido recogida en el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, que en su número 2311 establece que "los poderes públicos atenderán equitativamente el caso de quienes, por motivos de conciencia, rehúsan el empleo de las armas" aunque "éstos siguen obligados a servir de otra forma a la comunidad humana", pero previamente reconoce la legitimidad de la defensa mediante la fuerza militar, siempre que se cumplan las rigurosas condiciones que  menciona el número 2309, y atribuye a los poderes públicos "el derecho y el deber de imponer a los ciudadanos las obligaciones necesarias para la defensa nacional", añadiendo que "los que se dedican al servicio de la patria en la vida militar son servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos. Si realizan correctamente su tarea, colaboran verdaderamente al bien común de la nación y al mantenimiento de la paz", (nº. 2310). Evidentemente, no es ese el modelo de pensar generalizado en las sociedades actuales, manifiestamente opuestas a la misma existencia de las fuerzas armadas, y nada se diga de sus valores, lo que podría hacer peligrar la constitución de un Ejército profesional por falta de las vocaciones indispensables.

Y, sin embargo, sea bajo la fórmula del Ejército profesional, sea bajo la tradicional del Ejército formado sobre la base del servicio militar obligatorio (considerada generalmente como reaccionaria, cuando en realidad fue el fruto del concepto de "la nación en armas", introducido por los revolucionarios de fines del siglo XVIII), la existencia de fuerzas armadas se puede considerar indispensable, no ya para la defensa de los actuales Estados nacionales, sino para los cometidos de cooperación que a estos Estados se exige en casos de conflictos como el de la antigua Yugoslavia y para los que en el futuro puedan encomendarse a una previsible fuerza de policía internacional.

En la presentación de los valores militares se puede caer en la equivocación de limitarse a aspectos marginales de la profesión militar, simplemente porque parecen más accesibles. Sería algo equivalente a intentar suscitar vocaciones sacerdotales presentando los valores sociológicos, etc., que pueden acompañar a dicho estado y olvidando lo que es su sustancia: la facultad de consagrar y absolver. A ese núcleo apuntaba Donoso Cortés cuando establecía el paralelo entre el sacerdote y el militar, fundándolo en que "ni el uno ni el otro viven para sí, y ni el uno ni el otro viven para su familia; para el uno y para el otro, en el sacrificio, en la abnegación, está la gloria". Aunque, naturalmente, en uno y otro caso haya que evitar las dos caricaturas que son, en el caso de la Iglesia, el clericalismo, y en el del Ejército, el militarismo. Pero, ¿cómo presentar fielmente lo que es el espíritu militar y, aún más, cómo hacer que lo vivan quienes tan predispuestos están en contra suya? Es el problema que nuestra sociedad tiene planteado y para cuya solución considera muy útil el libro que en 1997 publicó Jesús López Medel, con el título La Milicia Universitaria, Alféreces para la paz. Hacer una breve glosa de su rico contenido me ha parecido lo más oportuno para mi participación en este volumen de merecido homenaje a su autor.

*  *  *

Tengo con Jesús López Medel antigua relación, no sólo amistosa, sino profesional, como juristas los dos, miembros de Cuerpos tan próximos como son el de Registradores de la Propiedad, en su caso, y el Notarial, en el mío, y pertenecientes los dos al Cuerpo Jurídico del Aire. Desde la doble vertiente, jurídica y militar, en que la pertenencia al último Cuerpo mencionado nos sitúa, se explica el libro citado, cómo último eslabón, por ahora, de una reflexión que ya en 1963 había producido la importante obra Ejército y Universidad, y que ahora, a la luz de las circunstancias que he empezado recordando, adquiere la máxima actualidad.

*  *  *

Que es la Universidad, no voy a definirlo ahora. Se han ocupado del tema algunas de nuestras más egregias cabezas pensantes, como pueden ser, en una criba rigurosa, José Ortega Gasset, con su Misión en la Universidad, que publicó en el año 1930; después, Pedro Laín Entralgo, cuyas Reflexiones sobre la Universidad datan de 1950, y Rodrigo Fernández Carvajal, que en 1994 presentó su  Retorno de la Universidad a su esencia: los tres coincidentes en el concepto de Universidad que comparte así mismo López Medel en las numerosas y jugosas páginas que ha dedicado al tema, y puede expresar la definición de la Universidad que daba la Ley del 29 de julio de 1943, como "corporación de maestros y escolares a la que el Estado encomienda la misión de dar enseñanza en el grado superior y de educar y formar a la juventud para la vida humana, el cultivo de la ciencia y el ejercicio de la profesión al servicio de los fines espirituales y del engrandecimiento de España".

Pude, según pienso, aceptarse la definición sin mayores reservas con tal que sustituyamos la referencia al Estado, propia de los tiempos en que la Ley fue promulgada, por otra referencia a la sociedad, con cuanto de ella se deriva; lo que más me importa de la definición es la insistencia en la misión formativa de la Universidad, con preferencia a las otras dos funciones clásicas de enseñar los oportunos saberes profesionales y de investigar, por cuanto esa misión formativa exige, no sólo superar los conocimientos especializados con otra general (La Facultad de Cultura que pedía Ortega o algo más viable que la sustituya, como puede ser el que cada Facultad se abra a la problemática general), sino conceder la atención debida a esa profesión que, como decía Laín, es distinta a la de médico, abogado o ingeniero: la profesión de hombre. Ello requiere el debido contacto con las otras grandes instituciones que, juntamente con la Universidad, componen la sociedad, una de las cuales es el Ejército. Se trata de lo que López Medel, en su libro Ejército y Universidad, llamaba "enlazar las impaciencias, afanes y necesidades de los estamentos todos de una nación".

Dos de los cuales, los dos citados, coinciden en actuar de modo especial sobre un mismo grupo social: la juventud. "Y de la formación que ambas instituciones impartan --concluía Juan José Rosón, prologuista de Ejército y Universidad-- depende, en cualquier circunstancia, el porvenir de la patria. En ese sentido, el afán evolutivo que la Universidad significa y el respeto a los valores trascendentes que encarna la Milicia, pueden y deben configurar el cauce por el que discurra la sociedad.

Que así lo veía Ortega no debe extrañar, considerando su apreciación del Ejército como, "una de las creaciones más maravillosas de la espiritualidad humana" y "columna vertebral de la nación", según la denominó, anticipándose al empleo más conocido de esa expresión por José Calvo Sotelo, aunque, "como al buen militar --ha observado el historiador, coronel Gárate--, le disgustase el militarismo, es decir, la militarización de la política y de la sociedad". Aún más interés que esa apreciación sociológica, tiene la del Ejército como centrado en la idea de "servicio", que informa simultáneamente los dos conceptos eje del mando y de la obediencia , aplicables no sólo a la obediencia militar, sino a la vida ciudadana en general. ¡Ay!, no fue ése el caso habitual en la Universidad soberbiamente concentrada sobre sí misma, como tampoco el de un Ejército crecientemente desbordado de sus límites naturales, ya fuera por la natural tendencia expansiva de todo poder, ya se debiera a la función de suplencia que el Ejército desempeñó en una sociedad tan desprovista de consistencia como la española durante los dos últimos siglos. No es --explicaba Balmes-- que el poder civil sea débil porque el militar es fuerte, sino que el poder militar es fuerte porque el civil es débil; y así se demostró cuando el mayor hombre de Estado de nuestra historia contemporánea, Cánovas, fundó un régimen civil y el Ejército se retiró a los cuarteles. Aunque, fallecido el político y poco después su "alter ego", el liberal Sagasta, y frustrado por la fatalidad el turno Maura-Canalejas que pudo haber sucedido al de aquellos, rebrotase la lucha a muerte de las dos Españas y las espadas volviesen a brillar en nuestro desventurado siglo XX.

Es, sin embargo, en este periodo cuando se produce la primera aproximación entre los dos estamentos que estamos considerando, con la creación, en 1918, de la Escala de Complemento, que permitía el acceso a los mandos del Ejército por una vía distinta de la estrictamente profesional de las Academias militares. Aunque esa vía no estuviese reservada a los universitarios, era natural que fuesen éstos los principalmente beneficiados.

En la misma línea, pero con el dramatismo propio de las circunstancias, está la experiencia que durante la guerra civil 1936-1939 representaron en la zona nacional los alféreces provisionales y en la zona republicana los tenientes en campaña. Objeto unos y otros de numerosos estudios (merecen mención especial los dos paralelos que les dedicó el coronel Gárate), ambos son considerados por López Medel como precedentes del experimento al que dedica su libro; con la peculiaridad de que, al realizarse este experimento en una sociedad en paz, queda libre de la deformación emocional que era inevitable en la experiencia inmediatamente anterior.

El nuevo experimento arranca de la Ley de 2 de julio de 1940, cuyo artículo 3º. disponía que la  Milicia Universitaria estaría "compuesta por los jóvenes de edad superior a los 18 años, afiliados al Movimiento y que cursen sus estudios en Universidades, Escuelas Técnicas y Centros de Enseñanza Superior", los cuales "recibirán preparación premilitar para el servicio de Oficial y, terminados sus estudios y alcanzado el grado de aptitud premilitar indispensable, ingresarán en el Ejército como Sargentos, y a los cuatro meses de servicio podrán obtener el empleo de Alféreces de Complemento, con el que practicarán el servicio durante el tiempo reglamentario".

Eran --comenta López Medel-- "los que no hicimos la guerra", título de una encuesta realizada en 1971, y que muy bien podría haberse cambiado por el de "los que hicimos la Milicia Universitaria".

En aplicación de lo dispuesto por la Ley mencionada, se celebraron los correspondientes cursos, de los que salieron 120.000 alféreces y sargentos de complemento, hasta que en 1972 se declaró oficialmente terminada la llamada instrucción premilitar superior para la formación de oficiales y suboficiales de complemento sin que López Medel sepa decirnos por qué, aunque sospeche que mediasen razones políticas. Era, dicho claramente, la muerte de la Milicia Universitaria. Aunque sea más exacto decir, observa López Medel, que la dejaron morir.

Una muerte agravada por la "losa de silencio" que cayó sobre la institución. Algunos libros con anécdotas y nada más. Ni en la copiosa bibliografía del franquismo ni en la posterior. En los seis grandes volúmenes de la "Historia de las fuerzas armadas", que se publicó en 1984, cuatro páginas. Hay que salvar la excepción de las asociaciones que se encargan de mantener su memoria y el contacto entre sus antiguos miembros.

Evidentemente, la experiencia merecía muchos más.

*  *  *

Inmediatamente, la Milicia Universitaria fue el medio de cubrir una necesidad --la de mandos  subalternos-- que no podían satisfacer las promociones salidas de las Academias militares; fue también el medio de que los estudiantes universitarios pudiesen hacer el servicio militar sin interrumpir sus estudios, pero, sobre todo, significó lo que López Medel considera como una llamada del Ejército, "un reconocimiento, una prueba de confianza en la cultura, la técnica y las ciencias" ("cada universitario lo sintió o lo vivió así") y, como consecuencia, el modo de que esos universitarios "viviesen" el espíritu militar y lo llevasen luego a la vida civil, a la que en su inmensa mayoría se reintegraron, como sacerdotes, académicos, misioneros, financieros, industriales, pintores, escultores, artistas, empresarios, presidente del Parlamento europeo, en la UNESCO, presidente del Gobierno y del Congreso, diputados, políticos, magistrados, escritores, historiadores, abogados, gestores, economistas, notarios, sociólogos, rectores de Universidad, catedráticos, registradores, cineastas, poetas, educadores, por no agotar la relación de  actividades en las que indefectiblemente encontramos antiguos miembros de la Milicia.

La experiencia se desarrolló con la guerra fría como telón de fondo, pero sin que esto autorice una transposición de la experiencia anterior de los alféreces provisionales, por las siguientes razones.

En primer lugar, las características de la guerra fría, que ya no se planteaban como durante los años treinta entre dos concepciones totalitarias (la comunista y la fascista), sino entre la primera y el mundo democrático, al que en definitiva estaba vinculada España.

En segundo lugar, las circunstancias de una sociedad que había recuperado la paz y no quería saber nada de los enfrentamientos anteriores.

En tercer lugar, la progresiva despolitización del propio Estado, que, aun manteniendo sus características autoritarias, estaba desarrollando un evidente, aunque lento, proceso de distribución del poder, y en realidad obedecía, no a un programa político concreto, sino al muy general en el que podían coincidir las distintas tendencias o "familias" políticas que concurrían a los Gobiernos formados por el jefe del Estado.

En cuarto lugar, la admisión creciente de una autocrítica encaminada a la normalización, institucionalización y hasta democratización posible del régimen, con apertura a los vencidos de la guerra civil, si no en el campo de la política, si, y ampliamente en el cultural.

Todo ello tenían fiel reflejo en una Milicia de la que formaron parte Manuel Fraga, Adolfo Suárez y Felipe González, y en la que, como escribe López Medel, el llamado nacional catolicismo "más bien fue un instrumento de opción y de realización apostólica, libre y espontánea, dentro, a lo sumo, de las singularidades de lo castrense. También hubo convivencia de creyentes y no creyentes, activos, militantes y agnósticos. El apostolado seglar castrense pudo ser invitación. Una parte, ni se enteraron, ni influyó. La ínter comunicabilidad existió".

 El párrafo trascrito me invita a recoger una observación que Tom Burns Marañón hace en su reciente libro Conversaciones sobre la derecha, sobre la juventud franquista de los años cincuenta. Se refiere a las Falanges juveniles, pero se puede aplicar, aun con más fidelidad, a la Milicia Universitaria. Dice así: "se ponían la boina roja, el pantalón corto, color caqui, de dril, el cinturón de cuero con su amplia hebilla, las medias blancas y las botas negras con cordones. Pero también resulta que se quitaban de las manos las obras de la generación del 98 y de los intelectuales de la República; recitaban de memoria a Neruda y a Machado, a Alberti y García Lorca, y admiraban, como lo admiraba José Antonio a Indalecio Prieto. El Manuel Azaña de paz, piedad y perdón, ejercía una atracción especial para una juventud que se sentía horrorizada por las dos Españas, porque había palpado las consecuencias morales y materiales de su dialéctica". Es lo que explica (volvemos a López Medel) la asistencia de muchos miembros de la Milicia a las conferencias  de Ortega y Gasset y a su polémico entierro.

Naturalmente, todo ello era consecuencia de un nuevo modo de enfocar la guerra civil. Puede servir como ejemplo la respuesta que López Medel dio en el libro Los que no hicimos la guerra, al que me he referido ya. A la pregunta ¿se siente usted heredero de alguno de los bandos enfrentados en la lucha?", contestó: "con gusto hubiera rechazado la pregunta. No se habló de herederos, y en el pensamiento cristiano no debe hablarse de bandos. Si quisiera hacerme merecedor a la herencia de ejemplaridad de quienes, en uno y otro lado, lucharon por una España mejor. De la herencia de unos propósitos y deseos nuevos. De la herencia de unas metas de convivencia".   De ahí el texto de su último libro: "cumplidos los requisitos mínimos, a nadie se le preguntó por sus ideas; o las de sus progenitores. Éramos, en general hijos de los que hicieron la guerra, en una y otra zona. La Milicia Universitaria llamaba a todos los universitarios, ni como vencedores ni como vencidos. Como antes decimos, no se nos convocaba por el pasado, o por lo que va a suceder, sino por lo que vamos a hacer y por lo que vamos a ser, a través de la Milicia Universitaria. Personalmente --y no debo dar nombres-- se mezclaban los más fervientes seuistas, con los pacíficos hijos de papá o de fusilados, en distintos bandos; o de carlistas, monárquicos, republicanos, separatistas, militaristas o indiferentes. A veces, en las caricaturas sobre la juventud y concretamente sobre los universitarios, realizadas por costumbristas --de uno y otro signo-- sobre la postguerra y el franquismo, ha pasado desapercibido ese fenómeno de reconciliación y de convivencia  que la Milicia Universitaria consiguió (...) Había diálogo --como se dice ahora-- y también consenso. La aproximación que el Ejército --todo Ejército-- lleva consigo, y más en el caso de la Milicia Universitaria, por el nivel cultural de sus miembros, se hacía más reflexiva, serena y viable. En aquella etapa, pues, muchos hombres con oficio de universitarios, se estrenaron en la convivencia y en la búsqueda de logros comunes, movidos por la necesidad o el servicio".

Valga también el texto de "ABC" , el 1 de noviembre de 1997, que, en su sección "Cartas al director", reproduce una de Ricardo Marín Moto, en nombre de la Asociación Mediterránea de la Milicia Universitaria, en la que manifiesta cómo a su paso por la Milicia Naval Universitaria "ha supuesto para nosotros una formación especial que ha permitido afrontar las circunstancias que nos ha presentado la vida, de tal forma que, sin  haber pasado por dicha experiencia, no se hubieran resuelto de la forma en que lo hicieron"; y precisa: "una de las claves de nuestro éxito es haber permitido que el ideario de los asociados no sólo no suponga un inconveniente para su incorporación a la Asociación, sino que entendamos que en esta diversidad de ideologías está nuestra fuerza".

Es una confirmación más de la presentación de la Milicia, que hace López Medel, como "un gran instrumento --acaso impensado-- de reconciliación y concordia", que debe ser tenido en cuenta junto a  los demás que hicieron posible la transición a la democracia.

*  *  *

¿Valdría la pena resucitar la experiencia?

Parece que al final de la década de los setenta se pensó en algo por el estilo, aunque lo frustrasen los factores políticos  no precisados a los que antes aludí.

En todo caso, la necesidad subsiste: "que nadie piense --dice López Medel-- que el Ejército profesionalizado puede cubrir --en casos extremos-- todas las necesidades bélicas. Porque una buena parte de las guerras modernas pueden ser totales y llegar a implicar a más miembros de los que componen los cuadros permanentes: porque afecta a la sociedad total. Y, al menos, en la oficialidad --casos suizo e israelí-- de complemento, más o menos puesta al día, se puede encontrar la gran reserva castrense, con el menor costo y con el máximo rendimiento". Aunque seguramente es aún más importante la comprensión y difusión en la sociedad entera de los valores militares, que ahora mismo se está intentando por otros medios, y que en buena medida realizan las asociaciones de antiguos miembros de la Milicia.

Y libros como el de López Medel".

 

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