JESÚS LÓPEZ MEDEL * Ortega y sus aportaciones al mundo jurídico
   

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Ortega y sus aportaciones
al mundo jurídico

JESÚS LÓPEZ MEDEL     
Registrador de la Propiedad      
 

REVISTA GENERAL DE LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA     
Año 1984 Número XI  - Pág 633-640      

 

 


 

I. ORTEGA Y «SU» CIRCUNSTANCIA

    La conmemoración centenaria de Ortega y Gasset ha ofrecido y ofrece una serie de connotaciones muy diversas en su significado filósofo, cultural, histórico, social y político. Nuestro recuerdo aquí, de la mano de la Revista General de Legislación y Jurisprudencia que me lo interesa, trata de llevarnos a un plano --el de sus aportaciones al mundo de lo jurídico -- que posiblemente tras la obra de Hierro Pescador, F. de la Mora y antes la nuestra, no ha tenido una literatura copiosa, ni ante la que se haya insistido demasiado (1). Precisamente nosotros pensamos que el tema jurídico que inicialmente para Ortega comenzó con cierto desprecio -Recasens nos contaba cómo Ortega había comenzado a estudiar Derecho, pero que se le había «atragantado» la asignatura de Derecho Penal- fue ganando en el gran interés. Desde hablar de la «justicia, como cuento chino» (1902-I-14), hasta tratar de esbozar un buen cuestionario sobre la Axiología, la Filosofía y la Ciencia Jurídica, aunque no quedara redactado rigurosamente (1959), «Una interpretación de la Historia Universal».

    Han pesado y pesan ante Ortega -según me relataba Recasens Siches en mis conversaciones en Méjico- una serie de «circunstancias» que son no las que delimitan, sino las que ensanchan su figura y las propias «respuestas» a todo el variopinto cuestionario de realidades vitales ante las que el autor de una «Misión de la Universidad», ¿qué es la gente?, se enfrenta. Algunas de estas realidades aparentemente son ocasiones o patológicas momentáneamente, como, por ejemplo, los temas de la «Monarquía» o de la «República». Pero esto no quita interés, sino que lo acrecienta cuando se trata de recomponer el cuadro de una realidad -pensante y vivida- ante la que norma, su vivencia o su «sentimiento» tiene algo que decir. Lo cual será válido siempre que no se dogmatice algunos de esos textos o siempre que no queramos hacer decir a Ortega lo que él mismo, con sincera naturalidad y aun humildad, no se atrevió a sentenciar. No obstante, antes de entrar con más detalle en esas aportaciones al mundo de lo jurídico sería bueno nos situáramos hoy, de una manera global, si se quiere anecdótica, en algunas notas circunstanciadas que nos haría ver más fácilmente el camino recorrido para aquellas mismas aportaciones. Pero haría muy larga la exposición del tema. Y prefiero hacer remisión a dos fuentes sencillas y conocidas. Una, el documento «Centenario de Ortega» («ABC» 7-5-1983), en el que Alfaro, Monseñor Benavent, Chueca, García Valdecasas, Marías, Javier de Robles, Aya, entre otros, nos van resaltando datos humanos, religiosos, talante, de Ortega. Y otro documento, el monográfico de la Revista de Occidente - 1971, sobre bibliografía orteguiana (400 pp,).

II. ORTEGA ANTE EL DERECHO

Lo temporal y lo eterno

    Lo primero que tenemos que anticipar es que Ortega, ni siquiera en su construcción filosófica, constituye un sistema cerrado. Era permanentemente actual. Es exagerado afirmar, como lo hizo Maravall, que «Ortega representa algo así como Aristóteles para Santo Tomás (que «por mucho que Santo Tomás se sirviera de él, no cristianizó a Aristóteles»). Hay una serie de conceptos o de afirmaciones que siguen la óptica motivadora en atención a una realidad jurídico-social que se da en nuestro tiempo, en nuestra sociedad, y a veces en la concreta España, de la que no se desentiende nunca. Ortega fue, por poco tiempo, un parlamentario de la Agrupación al servicio de la República, y fue un glosador profundo del desarrollo histórico-normativo de un proceso constituyente y político que pretendía no sólo una forma de Estado, sino una nueva concepción de la sociedad. ¿En qué momento Ortega se siente filósofo, filósofo de la cultura, filósofo de la sociedad y filósofo-jurista?  
    Ese es el primer interrogante que el investigador ha de situar sin pronunciamientos dogmáticos. Porque a veces se utilizan como textos paradogmáticos aquellos que responden a cuestiones concretas. Nosotros creemos que eso es lo que más le gustaría a Ortega. Y acaso lo más difícil. Aunque hay una pauta muy clara por su parte y de la que creo debiera partirse. En «¿Qué es filosofía?», 1929-1957 (p. 48), nos hace a los juristas como una llamada, una invitación, que implica un gesto de humildad y de esperanza , porque acaso aquella llamada e invitación estuvieron presentes en lo profundo de su indagación filosófica:
«El historicismo y el positivismo del siglo XIX se desentiende de todo valor eterno para salvar el valor relativo de cada época. Es inútil que intentemos violentar nuestra sensibilidad actual, que se resiste a prescindir de ambas dimensiones: la temporal y eterna. Unir ambas tiene que ser la gran tarea filosófica de la actual generación.»  
   
Pienso que sobre ese parámetro se debe situar el pensamiento orteguiano, sobre el mundo jurídico, pues el hecho de situar a «la vida como realidad radical» no autoriza plenamente para colocar -como lo hace Erick Wolf- a Ortega en la misma línea de Bergson, Kierkegaard, Heidegger o Sastre para entender lo jurídico como frontera ante la «vida», es decir, para que el derecho quede como expresión «inauténtica». Pues hasta el propio Jaspers admite como una «incondicionalidad existencial se puede convertir en origen de una Filosofía del Estado y del Derecho». Precisamente en Ortega hay un continuado deseo de decantación de la realidad jurídica, que es lo que explica cierto intento de encasillamiento según se ponga mayor o menor énfasis en cada una de las fases o aspectos fenomelógicos. La cuestión estriba en descubrir en qué grado y medida, e incluso en qué instante, Ortega es un filósofo de la vida, filósofo de la realidad y filósofo de un Derecho que se da en la vida y que constituye una realidad.

Influencia en filósofos juristas.  

    Hay otro dato, extrapolado a su propia obra, que lo constituye la influencia intensa que Ortega va a tener en filósofos juristas de signo marcadamente cristiano. Cito los ejemplos de Legaz Lacambra, Recasens Siches, Galán, Lisarrague, Elías de Tejada, bastante más que aquellos otros «laicos» de corte neokrausiana, aunque haya quienes, como Fernando Millán, quieran arrastrar a Ortega en las mismas líneas de una «revolución laica», lo que estaría desacreditado si se advirtiera la confesionalidad religiosa del más directo de sus discípulos, Julián Marías. El ensayo citado de Legaz Lacambra, cuya tesis no comparte Hierro S. Pescador, creemos constituye la demostración del riesgo de todo encasillamiento previo, aunque haya quien -como mi maestro Pérez Blesa, confesadamente orteguiano, singularmente en las valoraciones también al Derecho Internacional -se preguntará si cabe hacer realmente filosofía y filosofía jurídica sin un fundamente o tratamiento religioso. Pero creemos que ese no es el caso de Ortega, al menos el Ortega de sus últimos años. También -como acabamos de exponer en un reciente trabajo, «San Agustín: De la Justicia y la Ley, a la Paz y al Amor » - «Nuevo Índice», Complementos 13/1983 - acaba siempre indagar sobre la realidad en que la norma se da o hacia dónde se dirige: la vida (aunque se bascule más o menos en alguno de los aspectos tensionales que se da en lo humano o en la «civitas». Por eso cabe en Ortega hablar de una antropología humano-jurídica en la que los elementos descriptivos -hombre masa, «gente», «pueblo», «democracia», «estado», etc. - pueden ser reconducidos a «la vida misma como realidad radical, no cerrada ni agotada en sí misma, precisamente para hacer viables, en continuidad, lo que más tarde va a llamarse derechos naturales en su gestación histórica. De ahí ese rechazo abierto al historicismo, al positivismo, al formalismo, al materialismo marxista - sin duda lo sería hoy al estructuralismo, a la «nueva filosofía» -, aunque sea con armas o bagajes distintos de Max Scheler o de Renar y Verdross. Por poner un ejemplo que puede decirnos algo a los juristas, quizá estemos - salvando distancias - ante Ortega como en el caso de Hans Kelsen - quien, por cierto, es cultivado también por iusfilósofos orteguianos como Recasens Siches y Legaz Lacambra -: el sabio, científico-jurista hacerlo de una arquitectura formal de las normas, bajo el prisma de la norma fundamental, pero quien, a su vez, ha de tomar elementos que «vagan» fuera para hacer una de las críticas más rigurosas a «la teoría comunista del Estado y del Derecho».

La verdadera sustancia del Derecho.  

    Efectivamente, en Ortega han de predominar los elementos figurativos, parabólicos o descriptivos de la norma como «uso social, fuerte y rígido» frente a otros - como quitarse el sombrero - que son flexibles, no rígidos, en ocasiones coyunturales. Y siempre referido a la «imperatividad» de su vigencia. Resumo un texto «En cuanto a pacifismo»... 1937-IV-289: Para que el Derecho o una rama de él exista, es preciso: que algunos hombres descubran ciertos principios del Derecho; , expansión de aquellos sobre la colectividad... 3º, consolidación en «opinión pública: Entonces, sólo entonces, podremos hablar en plenitud del término de Derecho, es decir, norma vigente. No importa que no haya legislador, ni jueces, si aquellas ideas (principios) señorean de verdad las almas..., esta es la verdadera substancia del Derecho. Un derecho así logrado sería, para Ortega, «estático, y su órgano principal, el Estado» (Hierro S. Pescador subraya, por su cuenta, «El Derecho es imprescindible para que el hombre pueda ser persona». Pero el problema subsiste: ¿Que es Derecho para Ortega? ¿Hasta que grado y medida se puede hablar una extrapolación del Derecho al Estado?).

    Faltan aún algún otro elemento que Ortega vendrá a subrayar en otro momento. Pero no sería poco reflexionar sobre el alcance de aquel proceso descriptivo, por no decir definitorio. A mi modo de ver, esa «consolidación» en «opinión pública» y ese señorear de «verdad las almas» constituyen factores de «naturalidad» y de «popularidad» de lo jurídico, tan finamente apuntado que - según Ortega - se anteponen a la norma imperativa del legislador o al veredicto de los jueces.

    Más de algún confesadamente iusnaturalista no llegaría a tanto. Por eso a Ortega le repele el relativismo histórico y el positivismo formal que vacía el contenido del «Derecho vigente», pues no sería tal Derecho si se excluyen los factores de inserción popular y «señorío en el alma». Y, a su vez, la cuestión está en discernir cómo llega a llenar el contenido material ese Derecho vigente. Habrá desde luego, una referencia global a la vida como realidad radical, también a los datos antropológicos en que se manifiesta lo lógico - desde luego la libertad y la dignidad humana - y lo razonable mejor que lo racional (Recasens), y desde luego el factor cultural, tan enriquecedor, y en el que - como Costa - insistirá continuadamente. Parece dudar Ortega - para ser coherente con el proceso develador de lo jurídico - en situar a la «justicia» como elemento material en el contenido de la norma. Como la claridad va a ser la pauta fundamental de su filosofía. O él sale al paso de la pasión en que determinados momentos y pueblos haya podido sentirse por el Derecho, el cual «puede quedar trituradi cib yba naza extrajurídica denominada `'justicia''» («Del Imperio Romano», VI-1978). De la misma manera que le asusta el mazazo del «poder» de la «fuerza» o del decisionismo jurídico.

    Nosotros pensamos que por ahí deben ensancharse las aportaciones orteguianas. Es decir, en un doble frente: uno sería el de una pedagogía social de lo jurídico, que en Ortega está muy latente como en todo gran filósofo, que no limita, sino que engrandece su metafísica sobre la vida, la «reforma moral» la «higienización» de los «poderes sociales», la auscultación o fenomenología de lo vital humano, y la descripción instrumental de los datos de la Política, del Estado o de la Democracia, siempre con mayúscula. (V. el reciente trabajo de Félix F. Santolano, «Para una pedagogía vitalista», en Revista Ciencias Educación, junio 1983, 227 y siguientes).

El sentimiento jurídico.

    Y la otra línea de aportación - a nuestro modo de ver más rica, posiblemente por la propia evolución y madurez biológico-sentimental de Ortega, también por las consecuencias del análisis de la «crisis de nuestro tiempo» que parece tenerlo en sus manos -, puede estar en esa línea de toma de conciencia del sentimiento de lo jurídico, como aprehensión intelectual y humana. Es una preocupación o un dato que nunca le había pasado desapercibido. Porque Ortega jamás minimizó el sentimiento, dentro de una vida como realidad radical. Y porque, huyendo de la caricatura de la justicia, como cuento o como mito, como situación barroca o dogmática, no desdeñó los aspecto que no están a ras de tierra, sino que tienen una raíz medular. Posiblemente sea en una de sus obras finales - lo que no quiere decir que en su pensamiento no estuvieran más atrás - «Una interpretación de la Historia Universal» -Inédita, 1959- cuando Ortega, a pretexto de una indagación sobre el Derecho Romano, que lo trae como un «ejemplo» más, elabora, a nuestro modo de ver, una teoría del derecho, y un esquema científico del mismo.

    Por un lado afirma y sostiene que «lo primero y más decisivo es el modo de sentir, es el que da un pleno y auténtico sentido a esas instituciones». Es una posición que decanta cualquier intento normativista o impositivo de lo jurídico, y también cualquier postura rígida o absoluta que esté alejada de una concepción dinámica del hombre y de la sociedad. (V. nuestra obra «Una Introducción al Derecho. Una concepción dinámica del Derecho Natural». Madrid, 1975, y más recientemente en «Derecho. Guía de Estudios Universitarios», Pamplona, 1979).

    Pero de otro lado, Ortega se atreve ya a diseñar unos estratos, graduales, de abajo arriba, y que van desde una realidad jurídica vivido-sentida; una reflexión sobre aquella realidad («teoría de la técnica del derecho o jurisprudencia», que ya no es realidad jurídica sino estricto; y una reflexión sobre esa jurisprudencia que es una «teoría abstracta del derecho, es decir, la filosofía del Derecho». Pero nunca perdiendo de vista la vivencia, el sentimiento, la aprehensión íntima del derecho por el sujeto. Nosotros pensamos que el «entusiasmo» que Ortega va a poner en ese hallazgo de lo jurídico puede llevar a algunos - como Fernández de la Mora - a calificarle como un «sacralizador» de la ley, y a otros, como Hierro Pescador, a la inversa. Nosotros nos inclinamos por una línea más ponderada, más serena, acaso la misma en que pretendiera quedarse Ortega. ¿Por qué, a ultranza, queremos adosar o encasillar a Ortega en una determinada Axiología Jurídica, con etiqueta, si el mismo no lo pretendió?

    Tenemos los datos, no expresados gráficamente pero sí muy importante para mí, de las conversaciones con Recasens Siches al respecto, y que colorean sus opiniones conocidas sobre Ortega. Y también, la influencia que aquél tuvo y ha seguido teniendo en los iusfilósofos y en los juristas españoles e hispanoamericanos, de uno y otro signo. Es decir, de los teóricos, y de los prácticos, de los científicos y de los profesionales del Derecho. Precisamente porque Ortega ha sabido dar modernidad a una teoría jurídica, y sentido creador a esa modernidad continuada. Ortega sigue siendo estela que brilla en el pensamiento jurídico mundial. Sin haberse sacralizado, pero al mismo tiempo sin agotarse. Ahora mismo, ante tanto posibilismo o decisionismo y pragmatismo jurídico, y al tiempo ante tanta proliferación, pasotismo, o ideologización de las normas, la voz de Ortega no se haría esperar. Y su voz, o descalificaría a los oportunistas de la norma, cuando fuera impuesta y no vivida, o nos ayudaría a seguir ensanchando ese reducto profundo sentiente - nos diría Zubiri - de lo justo, que nos brindara aquellas dos dimensiones a que al principio aludíamos, la temporal y la eterna, como tarea para responsable para los juristas de nuestro tiempo. Esta sola incitación, que es continuada y persistente en Ortega, y por ella misma, nos merece el homenaje y el recuerdo activos de quienes hacemos del Derecho y la Justicia una Vocación, una vida.


 

    (1) Una pequeña guía, orientadora, sobre la investigación acerca de lo que Ortega puede aportar al mundo de lo jurídico, en concreto, sería de recordar que en 1960 redactamos una lección de Cátedras bajo el título «Ortega y Gasset en el pensamiento jurídico contemporáneo», que se publica en 1963. Al menos entonces, y con este rigor académico, constituía de suyo una novedad emplazar, monográficamente, a Ortega en la historia de la Filosofía Jurídica. Era un Ortega contemplado fundamentalmente en sus textos. Conocimos entonces el original de Legaz Lacambra sobre «El D. Internacional en el pensamiento de Ortega y Gasset», que apareció publicado en la Revista Estudios Jurídicos número 111, ante el que Hierro S. Pescador, en su obra El Derecho en Ortega-1965, discrepa, como así lo afirma con nosotros. Sin duda, esa obra de Hierro ha de constituir un punto de referencia como intento de reducir a sistema filosófico todo en copioso pensamiento del mismo signo.
    Ortega: aspectos metafísicos, pensamiento social, y penal e ideal del Derecho, razón histórica. Este número entrecruzamiento de aspectos, de algunos puntos, contradictorios, nos impiden, al menos para los iusfilósofos, clarificar, con certeza, cuál es el punto medular de esas aportaciones. Quizá se olvide tres datos que ha hecho notar, entre otros, Quintas en La diferenciación de etapas diversas, las inspecciones o alternativas de la filosofía de Ortega y Gasset. Martínez del Val, en su conferencia en la Real Academia de Legislación y Jurisprudencia -1983- texto no publicado aún, se ciñe más al tema. Nosotros, al igual que hicimos en el trabajo Ortega...., ob. cit., ponemos énfasis en aquellos puntos que nos parece cardinales en las aportaciones orteguianas al mundo de lo jurídico, aunque nos marquen su propio problematismo, porque, como explícitamente en el texto principal, el gran tema a descartar es en qué instante Ortega tomó en serio ese mundo de lo jurídico y si pretexto de que a la dialéctica de una razón lógica, a la hora de oponerse una razón vital -histórica-, va a afectar radicalmente a un Derecho que ha sido, va siendo y des-siendo.

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