JESÚS LÓPEZ MEDEL * Presentación del libro "Ortega y Gasset en el pensamiento jurídico" Jesús López Medel
   

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Presentación del libro
 "Ortega y Gasset en el pensamiento jurídico"

Jesús López Medel     


      ¿Qué puede decir el autor, luego de las intervenciones, precisas, diseñadoras de la obra, con sus subrayados, elogios y acotaciones, que no sea una invitación a la lectura, para compartir, en su caso, la gozosa ocasión de aproximarnos a lo que Ortega pudo aportar, escribir o pensar acerca del Derecho, de la Justicia, desde sus propios textos, con sus influencias, recreadas en otros filósofos o juristas?
 


El autor D. Jesús López Medel (a la derecha)
con el hijo mayor de Ortega y Gasset,
intelectual y filósofo Dr. Miguel Ortega Spottorno

        He elegido, en esta síntesis, un poco el método Orteguiano en cuanto intentar una cierta «vertebración» de la propia presentación, de su contenido, su método, sus valoraciones. Quizá acaso el resumen, casi un subtítulo sería lo que he denominado tras el Prólogo. «Mi tercera navegación orteguiana». Si la vida, al decir suyo no nos viene dada, hecha, sino que tenemos que hacérnosla, nuestro «Ortega y Gasset en el pensamiento jurídico» ha tenido un recorrido largo, desde su inicio -siendo estudiante por los años 1944-50- en el C.M. «Cerbuna» de Zaragoza, en cuya biblioteca que procedía de la residencia de estudiantes de aquel mismo nombre, encontré las primeras lecturas orteguianas, «Misión de la Universidad», y ejemplares sueltos de la Revista de Occidente. En los estudios de Derecho, solamente en la cátedra de Derecho Internacional, el catedrático Ramón Pérez Blesa, que venía de la de Derecho Natural y Filosofía del Derecho de Valladolid, recordó a Ortega y Gasset, precisamente en los aspectos de interpretación orteguiana sobre el Derecho Internacional, que más adelante -como analizo en el libro- los subrayaría Legaz Lacambra. Mi sorpresa sobre el vacío o silencio en la Historia de las ideas iusfilosóficas, se acrecienta ya en los años 50, incorporado a la cátedra de aquélla disciplina -de la que era titular D. Mariano Puigdolers con Fernández Galiano, Álvarez Romero, Allúe, Vidal Ibáñez, Recarte, entre otros- Ortega y Gasset no aparecía en el horizonte del pensamiento jurídico. Por los años 1960 termina mi primera navegación orteguiana, cuando como «trabajo de firma» indagué en los entonces cuatro tomos de sus Obras Completas, lo que pudieran ser aportaciones de Ortega al mundo de lo jurídico. Dentro de la complejidad del gran filósofo español del siglo XX, su formación inicial neokantiana y germánica, su personalidad como intelectual, sus avatares políticos, su magisterio, su exilio forzado a Francia. En aquellos años de lo posguerra española, no era fácil presentar -o publicar- el itinerario posible de Ortega como filósofo del Derecho -que en sí mismo no lo pretendía con todas las apreciaciones o discusiones de si cabe- diría Wolf hacer filosofía del Derecho desde una metafísica de la vida como realidad radical existencial. Sus discrepancias con Heideger. Y otro tanto desde un pensamiento acatólico (P. Ramírez). Del análisis -no antología- de amplios textos vimos una cierta evolución: desde un escepticismo sobre el Derecho y la Justicia -a comienzo del siglo-, a precisiones y aun propósitos más creadores singularmente en el campo de la Sociología y la Política. Además de la manifestación visible de discípulos en los juristas filosófico-jurídicos, como el mismo Pérez Blusa, Eustaquio Galán, Salvador Lisarrague, Fernández Miranda, Elías de Tejada, Ruiz Giménez o García Escudero, que van entretejiendo aspectos más atractivos. Laín Entralgo será otro valedor entusiasta y fiel. Aunque en algunos casos fuese furtivamente. En las obras inéditas posteriores a los Cuatro Volúmenes de «Obras Completas», ya se advierten hallazgos sobre la reflexión jurídica, la técnica y la filosófica. Siempre desde sus propios textos. Aunque pudiera existir algún otro método como posterior al nuestro, el de Hierro Pescador que quiere someter a «sistemas» el tratamiento orteguiano del Derecho. Acaso pretendiendo -y no fue solo su caso- el que Ortega dijera sobre la Justicia lo que a cada cual desearía fuese casi a la medida. No hay duda de que en este primer itinerario ya en Ortega aparece clara la preeminencia de un derecho vivido, o sentido -como en la interpretación del Derecho Romano-: el derivado de los usos sociales, flexibles o rígidos- V. Isabel Ferreiro «La teoría de los usos de Ortega y Gasset» Madrid 2002- y su influencia en una nueva concepción de la Política, del Estado, y sobre todo de la Sociedad, y de la Persona.

        Claro está que de los años 1960 a 1983, se han producido acontecimientos y «circunstancias» -uno de los ejes de su filosofía, de una vida como realidad radical-. Su propia muerte en 1955 permite un panorama menos polémico, más serenos y más sosegado. Aunque algunos pensasen que Ortega seguía siendo problema para sí mismo. Y por nuestra parte, está «Nuestras conversaciones en Méjico con Luís Recassens» quien ya en 1930, apenas presentada en España la doctrina, modernísima entonces, de Kelsen sobre la teoría pura del Derecho, en la traducción del libro sobre Del Vecchio, en un apéndice, Recassens hizo una profesión de fe y esperanza en la influencia de Ortega en la Ciencia Jurídica del futuro. En ese énfasis le va a seguir Legaz Lacambra, desde una línea no tan liberal y más iusnaturalista; a nosotros nos quedaba también la explicación del por qué de esa aceptación fácil, no digo generosa de la influencia de Ortega en los juristas, cosa que no se correspondía mucho con la posición de los filósofos más orteguianos, respeto a ellos. Y el por qué de esa evolución. Pudimos ver más claro de qué manera sus estudios de Derecho fueran o no coronados. Y sobre todo comprendimos que a Ortega, en su pensamiento jurídico, podría también verse, citado o traslucido, en una serie de egregios juristas de su tiempo y de años posteriores. Y eso es lo que llena mi segunda navegación orteguiana.

        Lo que llamo mi tercera navegación, nace de la continuada reflexión, incluso de la elaboración de estudios, ponencias o participación en Seminarios y Congresos Mundiales de Filosofía del Derecho, para discernir -como diría Fraga Iribarne en un discurso académico-, la parte fuerte de Ortega frente al positivismo, al idealismo y al pragmatismo jurídico y al historicismo. Eso que Ortega llamaba, como empresa de futuro tratar de unir lo temporal y lo eterno. O apelar al trasvase que se produce cuando los hombres, exentos de religiosidad, embadurnan la filosofía, y por nuestra parte, no diré anecdóticamente, pero si providencialmente, lo que han sido documentación y hagiografía de sus tres hijos Soledad, Miguel y José -entre otros familiares- que me han servido para engrandecer la gozosa humanidad pensante de Ortega y Gasset. Por qué su padre le insiste en que estudie, además de Filosofía Pura, la carrera de Derecho. Por qué le animan a que la termine. Cuáles fueron sus vicisitudes, sus calificaciones... Aspectos éstos en los que no siempre se han mostrado con naturalidad, pero que de suyo ayudan a valorar sus innovaciones metafísicas o las propias «circunstancias efectos y vicisitudes», en unos casos verdaderos logros, en otros limitaciones cuando se pasa del intelectual-filósofo, y gran escritor, al político activo en apenas dos años, 1931-1933, con su «Agrupación de intelectuales al servicio de la República». (Su influencia limpia y serena en José Antonio expuesta en otro lugar).

        Destaco que además de algunos intentos como los de Moreno Abellán, simplificando aspectos presentados en forma de aristas -el erial de España, la transición, etc.- que me estimulaba para aclarar desde el lado de sus aportaciones a la Ciencia Jurídica, y que seguían siendo inéditos para muchos autores contradictores orteguianos. La obra de Javier Zamora Bonilla, «Ortega y Gasset -2002», al tomar a Ortega como un todo, casi completo, vertebrarlo en lo intelectual, lo humano, lo político, lo filosófico y en parte en lo jurídico -por ejemplo, la posición ante Kelsen- me sirvió de estímulo definitivo. Era la reflexión o documentación que nosotros precisábamos. Esto y un corto pero fecundo curso sobre técnicas de Información orteguiana, en la Fundación Ortega y Gasset, me sirvieron para dar el salto para esa «tercera navegación». El libro, sin disfraces de devoción, pero sin el menor retazo de intolerancia, queda así, incluso con delicadeza, respeto y cariño, en una línea que nosotros nos permitiríamos decir que se ajusta a los cánones orteguianos. Deliberadamente embadurnada de rigores sistemáticos, pero sí sugerentes, que ayudan a pensar o imaginar, y que puede seguir estimulando la creación y visión de Ortega y Gasset sobre el Derecho y la Justicia en su tiempo, en sus «circunstancias»; pero tratando además de descubrir el sentido profético, o de futuro que han hecho seguir siendo vigente y viva su obra. Quizá en lo que llamo «Papeles Universitarios», en los tres itinerarios puede verse que, pese a ser nosotros aragoneses, no hay tozudez, ni cerrazón.

        Cuando en Mayo de 2003 -Revista de Occidente-, Antonio Lago Carballo publica unos textos y correspondencia del Mejicano Alfonso Reyes sobre Ortega y su muerte, en los que se puede advertir la grandeza del gran filósofo español, Ortega y Gasset, europeo trasatlántico, español universal, aunque, como diría Marías, «acaso en política pudo tener algún error, en sus circunstancias», o también cabría invitarle a escribir una Summa Teológica desde la razón vital. Idea añeja de los que en otro tiempo inquirieron una introducción católica a las obras de Ortega. Su posición ante el Derecho y la Justicia, frente al leguleyismo, la mediocridad legislativa, la carencia de valores, la incertidumbre o falta de seriedad jurídica, acaso hoy mismo ante un panorama pragmático y formalista, le ayudasen a resaltar de nuevo el lado existencial del hombre, su dignidad, su señorío, su auténtica libertad.

        Resumen de las palabras de Javier Zamora Bonilla

        Quisiera resaltar tres aspectos del libro de Jesús López Medel, Ortega y Gasset en el pensamiento jurídico:

        1) Es importante señalar que la primera edición de este libro se produjo en 1963 (Ediciones del Movimiento). Entonces ya era relativamente frecuente que la obra de Ortega fuese analizada en artículos y monografías, tanto dentro como fuera de España. Alguna de estas obras, especialmente las de las dos décadas anteriores, tenían un tono combativo(1) frente a la filosofía orteguiana, pero otras, en alguna de las cuales era evidente su tono defensivo, exponían más descriptivamente y más en justos términos la filosofía de don José. Entre estas obras hay que citar algunos artículos publicados en la revista Escorial en los años 40, entre otros los de Pedro Laín Entralgo, José Antonio Maravall y Salvador Lisarrague; los estudios de José Gaos y especialmente el titulado Sobre Ortega y Gasset y otros trabajos de Historia de las Ideas en España y en la América española (México, 1957); la obra de José María Hernández, Rubio Cisneros Sociología y política en Ortega y Gasset (lección inaugural del curso académico 1949-1950, Universidad de la Laguna, Tenerife); el libro de José Ferrater Mora, La filosofía de Ortega y Gasset (Buenos Aires, 1958); el libro de Lorenzo Luzuriaga, Las fundaciones de Ortega y Gasset (Caracas, 1958); el libro de José Antonio Maravall, Ortega en nuestra situación (1959); la tesis doctoral, dirigida por Gaos, de Fernando Salmerón, Las mocedades de Ortega y Gasset (México, 1959); el libro de Fernando Vela, Ortega y los existencialismos (1961); el de Manuel Granell, Ortega y su filosofía (1960); el de Vicente Marrero Ortega, filósofo «mondain» (1961); el de Guillermo Morón, Historia política de José Ortega y Gasset (México, 1960); y ya un poco posteriores los libros de Antonio Rodríguez Huéscar, con Ortega y otros escritos (1964) y Perspectiva y Verdad (1966); la Ética de Ortega, de José Luís López Aranguren (1966), y otras obras que venían a continuar la labor que había iniciado Julián Marías en 1948 con su Ortega y la idea de la razón vital.

        También habían aparecido ya algunos estudios sobre Ortega y el derecho como el de José Mª. Martínez Val, «Ortega y Gasset y el Derecho», Foro Español, nº. 38, 1-XI-1955; los de Luís Recassens Siches, «Sociología, Filosofía y Política en el pensamiento de Ortega», Cuadernos Americanos, nº. 1, 1956, y «José Ortega y Gasset. Su metafísica, su sociología y su filosofía social», La Torre, julio-diciembre 1956; y el de Luís Legaz y Lacambra. «El derecho internacional en el pensamiento de José Ortega y Gasset», Revista de Estudios Políticos, mayo-junio 1960.

        Por otro lado, los años Sesenta conocerán otro buen montón de obras sobre Ortega desde muy distintas perspectivas. Pueden citarse, además de numerosos artículos -algunos sobre el derecho en Ortega-, las siguientes monografías: Gonzalo Fernández de la Mora, Ortega y el 98, Biblioteca de Pensamiento Actual, 2ª. ed., Ediciones Rialp, Madrid, 1963; Ricardo Senabre, Lengua y estilo de Ortega y Gasset, Universidad de Salamanca, 1964; José Luís Abellán, Ortega y Gasset en la filosofía española. Ensayos de apreciación, Tecnos, Madrid, 1966; José Hierro Sánchez-Pescador, El derecho en Ortega, Revista de Occidente, Madrid, 1965; Pablo Cepeda Calzada, La doctrina de la sociedad en Ortega y Gasset, Universidad de Valladolid, 1968; Las ideas políticas de Ortega y Gasset, Universidad de Valladolid, 1968; y Ciriaco Morón Arroyo, El sistema de Ortega y GASSET, Ediciones Alcalá, Madrid, 1968.

        Pero lo que ya no era tan frecuente a principios de los Sesenta era que Ortega se estudiase en la universidad española. Pasado el primer empellón de arcaico neoescolasticismos de los años posbélicos de esa España penumbrosa y apenumbrada que fue la España del primer franquismo, de falangismo romo teñido confusamente del más agrio catolicismo, y todavía por llegar otras filosofías estructuralistas, analiticistas, funcionalistas y psicologistas, que desembarcaran en la universidad española a finales de la década, podría haber quedado un hueco para Ortega, pero no lo hubo salvo en raras y honrosas excepciones. Este es el primer mérito del libro del profesor López Medel

        2) El segundo mérito, pero aquí me voy a quedar sólo en la cita, es la presencia en la obra del profesor López Medel del pensamiento del republicano exiliado y pensador liberal Luís Recasens Siches, discípulo de Ortega, que supongo se incorpora fundamentalmente a partir de la 2ª edición (Cometa, 1986), pues creo recordar que el profesor López Medel dice que conoce a Recasens en 1965.

        3) Y el tercer mérito es el propio tema de la obra, que, aunque evidentemente es un tema menor en Ortega, le interesó vivamente y en sus últimos estudios tenía pensado dedicar un importante espacio a la meditación sobre el estado y el derecho. De aquí, quiero resaltar la concepción que Ortega tiene del derecho como algo imbricado en lo político y en lo social. Apunto sólo el tema, que es de interés y lo recoge el profesor López Medel: la crítica orteguiana a la concepción kelseniana de que lo jurídico se sostiene en lo jurídico. Para Ortega lo jurídico se sostiene en lo político o social. El derecho, como el estado y la política no son sino aparatos ortopédicos que permiten que la sociedad funcione menos mal. Y esto habría que enlazarlo con la idea del derecho como algo vital, vivo, -al respecto hay ciertas discrepancias que el profesor López Medel señala, y no entro en ellas- y sobre todo vividero, de lo que desgraciadamente todavía está el Derecho muy alejado. Mas estos temas sólo puedo dejarlos aquí lanzados al éter por si alguno quiere flirtear con ellos no teniendo mejor y más enjundiosa ocupación que hacer.

        Muestra de una lectura interesada de la obra del profesor López Medel es la posición crítica, y me parece de justicia señalar el punto esencial en que discrepo. Yo, que soy del Ortega de 1910, de esa «fase juvenil de irreverencia y desplante» -que dice López Medel en la página 48, y, como don José, acatólico hasta en los detalles más cotidianos de mi existencia, aunque creo que no del todo irreligioso en la medida en que me pregunto por el misterio de la vida que la ciencia todavía no acaba de explicarse, confieso que no acabo de entender las relaciones que directa o indirectamente establece López Medel entre las obras de Ortega y la religión católica, aunque sin duda hay en Ortega un fondo cristiano filosófico, pero es del cristianismo heterodoxo de la Institución Libre de Enseñanza y del cristianismo panteísta de Spinoza, no obstante, don José prefiere el teólogo al místico y Dios aparezca en su obra en numerosas ocasiones como «el ausente».

        Intervención de Dª. Isabel Ferreiro Lavedán.

        Agradezco al profesor D. Jesús López Medel que me haya invitado a la presentación de la tercera edición de su libro «Ortega y Gasset en el pensamiento jurídico», por cuanto es homenaje personal a Ortega y sentido recuerdo de sus maestros; como, asimismo, la generosidad con que integra a los que nos hemos incorporado en los últimos tiempos al estudio de la obra de Ortega y Gasset.

        Muy brevemente voy a destacar algunos aspectos que me parecen característicos del pensamiento jurídico de Ortega y que el profesor López Medel ha sabido destacar con acierto desde la primera edición de este libro, en 1963, fecha que, por próxima a la muerte de Ortega, no permitía tener un adecuada perspectiva para poder reconocer la trascendencia de su obra; como todavía tampoco lo permite el momento actual, como asimismo advierte López Medel. Lo grande necesita distancia para que la vista lo pueda abarcar y la obra de Ortega, como la física cuántica, es, todavía, demasiado moderna. A casi cincuenta años de la muerte del filósofo, queda la labor de asimilar su obra. Por ello, el trabajo de López Medel merece ser destacado entre los que abren camino en esta labor de asumir el pensamiento de Ortega y Gasset.

        «Ortega y Gasset en el pensamiento jurídico» nos ayuda a situar, como el mismo título promete, la obra de Ortega dentro del pensamiento filosófico jurídico, como también a reconocer su influencia en las universidades que le heredaron, de la segunda mitad del pasado siglo hasta nuestros días. De ahí el sentido de esta tercera edición.

        Merece ser atendido el derecho en la obra de Ortega, como vio tan prontamente el profesor López Medel, pues aun sin permitirle la vida terminar sus lecciones dedicadas al estudio del derecho previstas en «El hombre y la gente», son muchas las referencias que a lo largo de su obra hace al tema, y que permiten elaborar su teoría jurídica.

        Por un lado, Ortega como filósofo, y no como filósofo del derecho, tiene una libertad y amplitud de miras que trasciende los límites y prejuicios en los que, con frecuencia se encuentran, sin ver salida, los estudiosos más especializados. Es la perspectiva filosófica, pues, desde la que va a contemplar Ortega el derecho. Y por ser la óptica filosófica la mayor que cabe, trascenderá el pleno de lo jurídico y se elevará al plano de lo social, por cuanto el derecho es, en primer lugar, realidad social, como bien destaca López Medel. Y ya en este plano social, a su vez con la mayor mira, donde inicia Ortega es en la raíz misma u objeto de la sociología, esto es, en su esencia o naturaleza; para, desde allí, poder estudiar cuantas realidades la compongan, entre ellas, el derecho. Pues difícilmente, entiende Ortega, se podrá obtener alguna idea clara sobre qué sea la realidad derecho sin antes haber aclarado qué sea lo social.

        Así, desvelará que la nota constitutiva o realidad primera o radical de lo social es ser uso. Y uso entendido como lo que se usa por estar vigente, imperado y reinando en la sociedad. Con lo que dejará definido lo social como un ingente sistema de usos, y la sociedad como una convivencia estable posibilitada por un sistema de usos; en tanto lo social es suelo común del que parten todos los miembros de la sociedad.

        Todo lo social es uso; de modo que resulta tan uso el tenedor, el avión o la silla, como un modo de saludar, de vestir o construir, o como el lenguaje, el recetario de cocina o el derecho, en tanto que todos ellos son por igual productos culturales vigentes -que se . El derecho nos aparece, así, como uso: «como un uso entre los usos», él lo define.

        Por otro lado, además de la perspectiva filosófica, cabe señalar la complejidad que subyace en la obra orteguiana. Ortega, muy siglo XX, acepta la constitutiva complejidad de la realidad y será desde esa asunción desde donde construya su obra. Siglo XX que es en el que la física acaba con la posibilidad de la sustancia y, con ello, de la causa, al poner de manifiesto que cuando descendemos de la masa o la energía, que es en última instancia lo que compone la realidad, lo que entra en juego es la indeterminación. Lo cual evidencia, en consecuencia, que no cabrá más conocimiento que el aproximado. Entenderá Ortega, así, que ninguna categoría ni diferenciación que se establezca podrá ser a rajatabla ni sin reservas; por tanto, no podremos encontrar en su obra conceptos puros, en blanco o en negro, sino en más o menos blanco o en más o menos negro, y siempre, a la vez, mezclados con sus contrarios negro y blanco. El hombre, nos dirá, no tiene naturaleza -un ser dado y acabado de una vez para siempre-, sino historia. Todo lo humano es, así, sustantivamente móvil, oscilante e incompleto. El derecho, como algo humano, es, pues, también, algo cambiante, como bien destaca el profesor López Medel tanto en el libro que hoy nos ocupa, como en el trabajo: «El derecho, forma dinámica de la vida social».

        Movilidad que en la obra de Ortega será a su vez compleja, esto es, en mayor y menor grado, como mezclada más o menos con la contraria estaticidad. Así lo advertimos respecto a nuestro tema -el derecho-, cuando por un lado advierte que es, como todo lo social, seguridad donde ampararse y, por tanto, algo que en principio se caracteriza por su estabilidad, por no poder ser cambiado de la noche a la mañana. De otro modo, tal seguridad se desvanecería y, en consecuencia, el derecho se pulverizaría. Sucedería, dice Ortega, como en el cuento del gitano que «va a confesarse y el sacerdote, al preguntarle los mandamientos de la ley de Dios, el gitano le responde: Mire usted, padre; yo los iba a aprender, pero he oído por ahí un runrún de que los van a quitar». El derecho, pues, conlleva certeza, precisamente por ser lo instituido, esto es, lo establecido; y, por ello, instancia estable e irreformable. No obstante, añade a continuación, «de cuando en cuando hay que introducir en él reformas. Alguien me dirá que esto es una contradicción y yo, -está hablando Ortega- más que de prisa, le respondo: Tiene usted razón, señor mío, completa razón. Es una atroz contradicción, ahora que no es mía, no soy yo quien me contradigo: es la realidad misma y yo no tengo la culpa de que sea esta tal, porque ni he hecho el Derecho ni he creado el universo. Lo que pasa es que usted, inmovilizado por una tradición filosófica ya exánime, sigue creyendo que la realidad no puede ser en sí misma contradictoria porque sigue creyendo que esta es el ser suficiente, completo, perfecto y óptimo. Pero ello no hace sino convencerme más de que es ineludible elaborar una filosofía radicalmente nueva y exenta de helenismo, de greguería».

        Pues bien, esta filosofía compleja, radicalmente nueva que inicia Ortega, tiene en el campo jurídico dos fundamentales consecuencias: Una, el poner de manifiesto la prioridad de lo social respecto de lo jurídico y de cuantos organismos estatales se dan en ello; y dos, acceder a un concepto amplio de coacción que admite sus más diversos grados -desde la simple molestia hasta la fuerza física- en cada uso, sea jurídico o no lo sea. Ambos presupuestos -primacía de lo social y amplitud de la coacción- son los que permiten, en el ámbito de la filosofía del derecho, superar los límites marcados de cuantos desde Kant han querido ver en la coacción la nota esencial del derecho, hasta separarlo, por razón de ella, del resto de normatividades sociales; como de cuantos, como Weber, han hecho depender la existencia del Derecho de un aparato coactivo u organización estatal.

        La luz orteguiana, de unidad de lo social, permite, con ello, admitir sin quebranto el carácter jurídico del derecho internacional, del derecho canónico o del derecho natural, lo que de los otros modos queda imposibilitado, por esa carencia de coacción, como de organización estatal, tantas veces acusadas. Concibe, así, Ortega, un derecho conectado a la sociedad, y más concretamente apoyado en un derecho ideal -parte de la opinión pública, conjunto de los usos intelectuales imperantes en la sociedad-. Quedando así el derecho natural incorporado -o integrado, como apunta López Medel- al derecho positivo. Lo cual no es sino consecuencia de uno de los ejes de la filosofía de Ortega, a saber, que el ideal no está más que inseparablemente unido a la realidad, demandando a ésta su aproximación hacia él.

        Por último, cabe felicitar al profesor López Medel por haber dado cuenta desde tan temprana fecha de la importancia de la obra de Ortega a la hora de iluminar el panorama teórico jurídico; como también por dar testimonio de un gran número de profesores de gran talla personal e intelectual: Legaz Lacambra, Recasens Siches, Muñoz Alonso, Fernández de la Mora o Laín Entralgo, entre otros, que recuerda con afecto López Medel y que merecen también ser recordados por cuantos hoy andamos por sus caminos abiertos. Y cabe también felicitar a la editorial Dykinson por traer a la actualidad un libro sobre la teoría jurídica de un pensador, como escribe López Medel, «permanentemente actual».

        Intervención de D. José María Castán Vázquez

        Sr. Presidente, Sr. Ortega, Sras. y Sres.:

        Varias veces vine en mi vida a este salón de la Torre de los Lujanes para asistir, siempre como oyente, a conferencias organizadas por los Amigos del País. Hoy supone para mí un honor estar en el estrado participando en la presentación del libro de López Medel sobre Ortega. Sean mis primeras palabras para agradecer a los directivos de la Sociedad y al autor de la obra presentada, el haber contado conmigo para un acto de por sí importante y realzado, además, por la presencia de don Miguel Ortega Spottorno.

        Mi intervención será breve porque ya los dos profesores que me han precedido en el uso de la palabra nos han ofrecido, desde la filosofía, un análisis valioso del nuevo libro. Temo, además, que escasa mi legitimación para intervenir y que mal podría añadir nada nuevo sobre Ortega porque cabe afirmar que «sobre Ortega está dicho todo». Me limitaré, pues, a recordar algunos aspectos de la personalidad del autor del libro y a señalar, también brevemente, algunas aportaciones de la obra.

        La personalidad de López Medel es bien conocida. Como jurista, su vida profesional ha discurrido por dos cauces paralelos al pertenecer a dos Cuerpos del Estado: el de Registradores de la Propiedad y el Jurídico Militar. En ambos ha llegado al máximo nivel, pues si en el primero alcanzó un prestigio que se ha reflejado en el extenso Libro-homenaje que con ocasión de su jubilación le han ofrecido los Registradores españoles, en el segundo ha alcanzado dignamente el grado de General Auditor. Pero las actividades profesionales no le impidieron seguir también una noble vocación siempre sentida, la de escritor, cuyo ejercicio le trajo recompensas notables, entre ellas el Premio Nacional de Literatura. Y tampoco le hicieron olvidar otra vocación, la de filósofo del Derecho, traducida a lo largo de su fecunda vida en una persistente actividad universitaria y en una amplia producción editorial.

        En esa última vertiente, López Medel, discípulo de Legaz Lacambra y amigo de Recasens Siches, ha demostrado a través de muchas publicaciones su extenso conocimiento de las escuelas filosóficas, desde el tomismo hasta el kantismo, y su condición de iusnaturalista abierto a corrientes progresivas. También ha demostrado su talante conciliador sin renunciar a sus concepciones tradicionales, sólidamente adoptadas, abiertamente defendidas y fielmente conservadas.

        Esa faceta de su personalidad condujo a López Medel al estudio, desde el campo filosófico-jurídico, de personalidades tan dispares e importantes como Miguel Servet y Joaquín Costa. No puede sorprender que le llevara también el estudio de otra figura egregia como la de don José Ortega y Gasset. A ésta se ha acercado con respecto y rigor en el libro que hoy se presenta, donde se indagan las ideas jurídicas de Ortega y se ofrece una reflexión, serena y objetiva, en torno a ellas.

        Acaso el lector se plantee una pregunta inicial: ¿fue Ortega filósofo del Derecho?. La respuesta será probablemente negativa porque Ortega no impartió filosofía jurídica. Sin embargo su ilustre discípulo Julián Marías ha podido escribir que «la forma suprema de la filosofía es aquella en que ésta viaja de incógnito y sin usar -o muy discretamente- su nombre y atributos» (Nuevos ensayos de Filosofía, Ediciones de la Revista de Occidente, 2ª. ed., 1968, p. 121). Y en el caso de Ortega, que no dejó de prestar atención al Derecho, aunque desde la sociología, y que conocía, entre otras, la obra de Stamler, la filosofía del Derecho «viaja de incógnito» y deslizada en sus obras sobre los temas más diversos. Le ocurre lo que a todos los grandes humanistas (baste recordar a Vives y Erasmo), que, sin ser juristas, escribieron páginas de valor permanente sobre temas jurídicos porque, como humanistas, se interesaban por todo lo que afecta al hombre, y para éste, como para la sociedad, es esencial el Derecho.

        Por ello han sido ya varios los autores que han indagado, con mayor o menor atención, las posiciones de Ortega ante el Derecho o sus ramas. Cabe recordar estudios de Galán, Ruiz Giménez, Elías de Tejada, Hernández Rubio, Fernández de la Mora, Legaz Lacambra, Martínez Val y la argentina Delia Ferreira. Monografía extensa consagrada a Ortega y el Derecho fue la de Hierro Sánchez-Pescador publicada por la Editorial Revista de Occidente. Y en esta bibliografía merece un puesto destacado López Medel, porque han sido tres sus estudios: el libro Ortega y sus aportaciones al mundo jurídico (en «Revista General de Legislación y Jurisprudencia, 1984) y el recién aparecido libro Ortega y Gasset en el pensamiento jurídico (2003).

        ¿Qué se propuso López Medel al publicar en 1963 su primer libro sobre Ortega?. Lo advirtió en el prólogo: demostrar que la «incursión ya casi sistemática que Ortega hace al campo del Derecho en sus postreras obras obedece a razones de autenticidad en el logro de una convivencia social más enraizada con la vida del hombre» (pág. 16). Advertía que Ortega no ha pretendido decirnos qué es el Derecho o en qué se fundamenta (pág. 105), ni abordar profundamente los problemas esenciales del Derecho, que en él son más bien «incitaciones» que le brindan los temas que trata por su amplia base cultural y sociológica (pág. 30).

        En su nuevo libro (cuarenta años posterior al primero), López Medel busca las fuentes del pensamiento jurídico de Ortega espigando por la extensa obra del pensador español y las encuentra en autores como Scheler, Dilthey, Hegel o Kant. Hay, pues, riqueza de fuentes con claro predominio de autores alemanes, pero cabe advertir -y López Medel no deja de señalarlo- una insuficiente atención hacia nuestros tratadistas clásicos, entre ellos los importantes Suárez y Vitoria (pág. 111).

        Interesante es la atención de Ortega hacia el Derecho romano. Sus reflexiones sobre éste son recogidas por López Medel, quien reproduce varios textos del pensador, entre otros aquel que observa que «en Roma no había filósofos; sólo una recepción bastante torpona de las doctrinas griegas, comenzando con Cicerón» (pág. 118). Aquí cabría recordar que, según el ilustre romanista Álvaro d'Ors, Cicerón no fue un jurista (aunque fuese -y esto lo ha destacado bien Martínez Val- un abogado).

        Textos también interesantes son los que revelan la preocupación de Ortega por la proliferación legislativa y la inseguridad jurídica, que López Medel recoge (pág. 127). Cabe pensar que hoy esa preocupación la tendría acrecentada don José. Los textos exhumados demuestran también lo siempre visible en Ortega: su buen estilo literario, que juristas como José María García Escudero y Jesús Fueyo, entre otros, han puesto de relieve.

        En resumen, cabe, a mi juicio, reconocer como méritos de López Medel: haber espigado por la totalidad de la extensa obra orteguiana; haber recogido numerosos juicios de valor sobre los textos orteguianos; haber realizado su propio análisis y ofrecernos una reflexión serena y objetiva, tan lejana de la adulación como de la hostilidad. El libro está editado por Dykinson en la cuidada línea de sus publicaciones.

        Nada más gracias a todos por su atención.

        NOTA:

        López Medel concluyó su intervención expresando su agradecimiento a quienes le precedieron en el uso de la palabra; al Presidente de la Real Sociedad Económica Matritense, y al Dr. D. Miguel Ortega Spottorno por su honrosa presencia. Así mismo, agradeció a todos los asistentes la amistad que le ofrecían y la confirmación de su estima por la obra de nuestro filósofo universal.

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          (1) Los libros más famosos contra Ortega fueron el del jesuita Joaquín Iriarte, Ortega y Gasset. Su persona y su doctrina, Razón y Fe, Madrid, 1942, y el del también jesuita José Sánchez Villaseñor, Pensamiento y trayectoria de José Ortega y Gasset, Editorial Jus, México, 1943. Iriarte había publicado ya en 1941 un artículo titulado «La filosofía de Ortega y Gasset», Razón y Fe,. nº. 122, febrero-abril 1941, y años después publicará La ruta mental de Ortega: crítica de su filosofía, Razón y Fe, Madrid, 1949. Por otra parte, Roig Gironella publicó una Antología teofánica de textos de Ortega y Gasset para denunciar las ideas de la obra de Ortega que iban contra la Iglesia Católica. Tan obcecados como los escribientes de estos libros eran sus comentaristas. Juan Domínguez Berrueta decía que a pesar de que Ortega no era católico, por fortuna no se había pasado al protestantismo (cfr. «Revisando la aportación intelectual de Ortega y Gasset. Temas actuales de sus obras. El trabajo crítico de Joaquín Iriarte S.S.», El Español 8-1-1944). Una muestra de la repercusión internacional de estos textos se puede ver en los artículos publicados en la revista norteamericana Proceedings of The American Catholic Philosophical Association, vol. XXII, 29 y 30-XII.1947, pp. 193-211. Frente a estas visiones partidistas, también se empezó a prestar en Estados Unidos una atención pausada desde el ámbito académico, v.gr., A. Mac. Armstrong, «The Philosophy of Ortega y Gasset», The Philosophical Quarterly, vol. 2, nº. 7, abril 1952, pp. 124-139. A esta polémica surgida en España a principios de los años 40 se ha referido Julián Marías en Una vida presente. Memorias, tomo 1, Alianza, Madrid, 1989, pp.288-291

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