JESÚS LÓPEZ MEDEL * UNIVERSIDAD, POLÍTICA Y MILICIA EN ORTEGA Y GASSET
   

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FUNDACIÓN CULTURAL DE LA MILICIA UNIVERSITARIA
(FUNDAMU)

 

 

 

UNIVERSIDAD, POLÍTICA

Y MILICIA EN

ORTEGA Y GASSET

 

 

Jesús López Medel

Doctor en Derecho
Académico de la Real Academia de Doctores
General Consejero Togado del Ejército del Aire (R)

 

Santa Cruz de Tenerife, 9 de noviembre de 2005


Presentación

          A invitación de don José Méndez Santamaría, Presidente de la Agrupación Canaria de las Milicias Universitarias, y dentro de la VII Semana Cultural que la misma organiza con el patrocinio de la Fundación Cultural de la Mili­cia Universitaria, he de ser yo quien les presente al conferenciante. Este es un ejemplo claro en donde el que presenta es menos conocido que el presentado, pero el hecho de mi pertenencia a la casa, unido a los hados del destino me llevan a asumir tal honor como lo es el presentarles esta tarde al Excmo. Sr. D. Jesús López Medel.

          Don Jesús López Medel, nació en Daroca (Zaragoza), interesante núcleo mudéjar, en donde realizaría sus Estudios de Bachillerato, primero en Daroca y luego en Zaragoza.

          Obtuvo la Licenciatura de Derecho, en la Universidad Zaragozana, en 1949, con Sobresaliente y Premio de la "Fundación Sasera". También es Diplomado y Graduado en la Escuela Social de Zaragoza.

          Ingresa en el Cuerpo Jurídico del Aire en 1950, siendo su último destino en el mismo el de Director del Registro Administrativo de Aeronaves, en la Subse­cretaria de Aviación Civil. Alcanzó el grado de General Consejero Togado.

          Ingresa en el Cuerpo de Registradores de la Propiedad y Mercantiles en 1954, con intervención regular y activa en los diferentes Congresos Interna­cionales de Derecho Registral y con múltiples trabajos sobre el particular. Fue titular de los Registros de Puente Calderas, Puebla de Sanabria, Tineo, Tordesillas, Belmonte, Miranda, Ateca, Tarazona, Puente del Arzobispo, Yecla, Quintanar de la Orden, Algeciras, Reus, Zaragoza y Majadahonda.

          Doctor en Derecho por la Facultad de Derecho de la Universidad Com­plutense de Madrid, en 1958, con Sobresaliente. Su tesis doctoral, "Teoría del Registro de la Propiedad como servicio público ", le permitió la obtención del Premio ”Gascón y Marín" y la misma ha servido de fuente inspiradora de lo que luego se ha llamado una concepción del Registro abierto a la Sociedad.

          Profesor de Derecho Natural y Filosofa del Derecho en la Universidad Complutense de Madrid, desde 1953 a 1976 en que fue encargado de la Cáte­dra de Filosofa y Metodología de las Ciencias Sociales. Profesor en Méjico, Cátedra Recaséns Siches. Profesor Visitante en otras doce Universidades Hispanoamericanas. Profesor Europeo. Diploma de la F.E.D.E. en 1974. Profesor de la Sociedad de Estudios Internacionales. Profesor del Instituto de Filosofa del Derecho, Universidad de Córdoba (Argentina). Profesor y Director de Cursos en la Universidad Internacional "Menéndez Pelayo" de Santander (1952-1978). Profesor y Director de Seminarios en la Universidad Hispanoamericana de La Rábida, 1952-1967. Consejero de las Instituciones "Fernando el Católico ", "Francisco de Vitoria ", del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Professor de Derecho Registral en CEIL (Madrid) para postgraduados. Miembro Permanente de la Comisión General de Codi­ficación (1963-1975). Vocal de la Comisión Permanente del Consejo Nacio­nal de Educación (1972-1976).

          Presidente Electo de la Federación Europea de Centros de Enseñanza (1973-1978) y actualmente Presidente de Honor de la misma. Coordinador de Escuelas de Habla Hispana ISA-UNESCO (1975-1980). Miembro de la Sociedad Chilena de Filosofía, 1982. Premio Nacional de Literatura, 1962 (para ensayos político-sociales)

          Secretario de la Comisión de Justicia de las Cortes Españolas de 1963 a 1976 y miembro de la Comisión de Defensa. En este período, ha sido Ponente en diferentes Leyes de reestructuración administrativa y adscrito en proyectos especiales de Ordenación Rural, Ley del Suelo, de la Vivienda, legislación civil, mercantil y penal y ponente en la Compilación Aragonesa de 1964. Asi­mismo, en la Comisión de Educación colaboró en distintos Proyectos o Leyes Especiales sobre Educación y Universidad.

          Becario de la Fundación March, para el Estudio sobre la Universidad Española, publicado por el Instituto Balmes de Sociología en 1967. Fundador y Miembro de la Junta Directiva de la "Asociación Española de Derecho Agrario" y de la Revista de Derecho Agrario y Alimentarío, con participación en varios Congresos Iberoamericanos e Internacionales.

          Autor de más de centenar y medio de trabajos:

           a) Filosofía y Ciencia Jurídica: 72. Sus trabajos sobre Filosofía del Dere­cho han sido publicados especialmente en el "Anuario de Filosofía del Dere­cho" y en los "Anales de la Cátedra de Francisco Suárez".

         b) Filosofía y Política de la Educación: 38

          c) Otras colaboraciones: 10

          Asistente a multitud de Congresos y Encuentros internacionales de carác­ter científico. Ha participado en, diversos países, en Congresos Mundiales de Filosofía Jurídica y Social, Derecho de Familia, Derecho Foral, etc., con presentación de Ponencias en todos ellos. Miembro asistente a los Congresos Mundiales de Educación que organiza la International Schools Association.

          En Hispanoamérica, (visitada en cinco ocasiones), fue promotor jurídico de una Federación Latinoamericana de Educación. Participó en la Escuelas Latinoamericanas de Consulta Registral, y explicó esta materia en la Univer­sidad de Lima. En Italia realizó estudios de Sociología Rural (Traviso, 1964)

          Miembro de distintas Academias tanto nacionales como internacionales y conferenciante en los Ateneos de Madrid, Santander, Zaragoza y en Colegios Mayores. A partir de ahora, estoy seguro, incluirá en su dilatado currículum el haber impartido conferencia en nuestra Universidad de La Laguna.

          Ha escrito artículos en periódicos y revistas nacionales, y provinciales Forma parte del Consejo de Redacción de varias revistas (Educadores y Derecho Agrario y Alimentario. Ha colaborado en la revistas Razón Española, Verbo, Arbor, Ciencias de la Educación, Indice, Atlántida, Nuestro Tiempo, Razón y Fe, Fomento Social, Revista de Estudios Políticos, Revista Notarial, Revista Crítica de Derecho Inmobiliario, Revista ICADE, Revista General de Legislación y Jurisprudencia, Anuario de la Universidad María Cristina de San Lorenzo de El Escorial, Revista del Poder Judicial, Noticias de la U.E.)

          En 1999, el Colegio de Registradores de la Propiedad y Mercantiles de España, publica el Libro Homenaje a Jesús López Medel, en reconocimiento a su trayectoriia, promovido por juristas catalanes. Son dos tomos, con 90 colaboraciones y 2.400 páginas.

          Jesús López Medel es también patrono fundador de la Fundación Cultural de la Milicia Universitaria (FUNDAMU), que ha colaborado en la organización de este acto.

          Lo hasta aquí expuesto constituye un extracto del currículum del Sr. López Medel. Creo que constituye suficiencia probatoria para darnos cuenta que tenemos entre nosotros a un escritor, a un jurista, a un educador, a un investigador iusfilosófico y pedagógico, a un académico y a un trabajador intelec­tual comprometido.

          En el día de hoy con la conferencia Universidad, política y milicia en Ortega y Gasset, seguramente nos demostrará que la magna obra de Ortega sigue siendo abierta, no solo a la investigación, sino a la reflexión, pues en muchos aspectos respiran actualidad.

Pedro Bonoso González Pérez
Profesor Titular de Historia Contemporánea
Universidad de La Laguna


 

UNIVERSIDAD, POLÍTICA Y MILICIA
EN ORTEGA Y GASSET

 

Jesús López Medel

Doctor en Derecho

 Académico de la Real Academia de Doctores

General Consejero Togado del Ejército del Aire ®

 

          Al encontrarme en este Aulario de la, tan estimada, Universidad de La Laguna, con el recuerdo de mis maestros y amigos en el mundo de la Filosofía Jurídica y Social, que pasaron por aquélla (Ortega. Legaz Lacambra. Recasens, etc.), al lado de nuestro Rector, don Angel Gutierrez, que nos preside, junto al Teniente General don Emilio Pérez Alaman —de tan brillante ejecutoria castrense—, y de la mano de la Fundación Cultural de la Milicia Universi­taria, y de la Agrupación Canaria de la Milicia Universitaria, con ocasión de su ya "veterana" VII Semana, no puedo por menos de expresar mi alegría, mi satisfacción por este evento universitario-castrense, y castrense-universitario.

          Volver a la Casa —la Universidad— de la que fuimos promocionados en la vida —junto al esfuerzo familiar— y en condición, a su vez, de miembro de la V Promoción de la Milicia Universitaria—Santa Fe del Montseny, 1947, y luego en el Cuerpo Jurídico del Aire, Academia General del Aire, VI Promoción, 1950—, es a la vez cumplir, no sólo con aquel «mitad monje, y mitad soldado», sino además con los nuevos propósitos que me animaron, ya en 1963, en dos ediciones, la obra Ejército y Universidad, luego repristinada más tarde, con otro trabajo, titulado La Milicia Universitaria que lleva como subtítulo Alféreces para la paz. Un iluminado anticipativo de lo que ya se ha llamado «una Cultura de Defensa para la Paz», a la cual aspiran a adaptarse los ejércitos modernos, y de cuya idea fue igualmente pionera la Milicia Universitaria. Su trayectoria se acaba, desde 1942-1973, como tal y en 1999, con la supresión del servicio militar obligatoria en las formas de IMEC y SEFOCUMA.

          De ahí mi gratitud, primero, a las instituciones citadas que han hecho posi­ble el acto, recordando a los compañeros del Patronato Pablo Gonzalez Liberal (Presidente), que ha delegado en Antonio Chozas (Vicepresidente), y Adolfo Iranzo (Secretario General). A José Méndez Santamaria, Presidente veterano de la Agrupación Canaria de la Milicia Universitaria, organizador primordial de la Semana. A todos los asistentes, con cuya presencia me honro, oficiales generales, y universitarios, fundamentalmente.

          Es para mí inevitable expresar la satisfacción de regresar a esta tierra cana­ria, querida, desde añejos tiempos -1964-1970—cuando, cumpliendo una tarea pública de asistencia letrada a través del mundo sindical, a los trabajadores y empleadores, para hacer revivir, jurisprudencialmente, la vigencia o no de la Ley de Puertos Francos de 1900. Así pude conocer la realidad de estas Islas Afortunadas, tan entrañablemente españolas; poder aprender de ellos, de sus hombres y gentes —a propósito de la reforma tributaria de 1964 de Navarro Rubio— valores como el esfuerzo, la capacidad de cooperación, de los agen­tes sociales y económicos, que ayudan a reforzar la unidad de España, en la propia diversidad de sus tierras. Algo que Ortega y Gasset, cuando se discutía el Estatuto de Cataluña, en 1932, ya aventuró, con claridad y visión de futuro, en una concreción fecunda de la «redención de las provincias».

          Gracias, finalmente, al presentador Pedro Bonoso, Jefe del Departamento de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de esta Universidad, por la pre­sentación que me ha hecho, con aportación de datos y de trabajos, todo lo cual, además de ser prueba de amistad, explica en razón de la edad, y en todo caso mi compromiso, con la Sociedad, la Universidad y las Fuerzas Armadas.

ORTEGA: 1945 (REGRESO A ESPAÑA) - 1955, SU MUERTE

          La propuesta de esta conferencia, por mi parte, y aceptada por la Funda­ción, viene a raíz de los acontecimientos que en este año 2005, concurren en el pensador español de mayor fama universal del siglo XX, al cumplirse los cincuenta años de su muerte en 1955. Aunque de alguna manera, lo quiera retrotraer, además, a los sesenta de su regreso a España, después de su exilio voluntario en 1936, con las dificultades del Madrid republicano de entonces, a pesar de haber sido, con su artículo El error de Berenguer, noviembre de 1930, el que hizo la radiografía de una Monarquía con el lema «Delenda est monarchia», expresión latina ya anticipada en alta voz, en el caserón de la calle de San Bernardo de Madrid (Universidad Central, unos meses antes. Al hablar de la reforma de la Universidad, como luego expondremos. Dentro de lo que nosotros hemos llamado «compromiso intelectual de Ortega y Gasset para con España», lo que su hijo Miguel Ortega Spottorno nos recuerda ahora, al prologar el libro Meditaciones sobre Ortega y Gasset, 2005:

          "Mi padre fue un hombre íntegro que vivió siempre con un abso­luto sentido de la dignidad, la modestia y la austeridad. Amó profundamente a España, a la cual sentía, desde lo más profundo de su ser y de su alma, como su verdadera circunstancia" .

          Sin embargo, dos preguntas se hacen –las han hecho– en el Congreso Inter­nacional promovido con motivo de estos acontecimientos, por la «Fundación Ortega y Gasset», en Madrid. octubre de 2005: ¿Quién es Ortega? ¿Qué queda de Ortega?

          Inicialmente no es fácil contestar a esta pregunta. pues como advierto en mi estudio Ortega y Gasset en el pensamiento jurídico. editorial Dykinson, tercera edición, Madrid, 2003 – su lenguaje es, a veces, rico en metáforas, bus­cando la claridad (como la llamada «gota de luz» de Málaga). No constituye un sistema cerrado, y el mismo evolucionará desde posiciones neokantianas, a la fenomenología de los valores de Hussler, para coronar su posición en la metafísica de la vida, de la vida como realidad radical.

          Cultivó todos los saberes. las Ciencias, las Artes, las realidades. Einstein estuvo en su casa en Madrid, varias semanas. La historia, la caza, el arte, los toros, las personas. le interesaban. Ya no digamos el periodismo. Isabel Ferreiro nos decía que pudo haber nacido en una linotipia, puesto que sus artí­culos, eran casi diarios. en El Impacial, o en El Sol, y epílogo de lo que luego serían sus conferencias y sus obras.

          Otra dificultad estaba en la manipulación de su pensamiento o su «utili­zación», algo que se percibe todavía. No siempre fue entendido por pensadores católicos, como el P. Ramírez, o más recientemente, Martínez Puerta, en Ortega, la fe y razón, ABC. 17-11-2005. Don Julián Marías, preguntado sobre su «Dios a la vista». recordaba lo que su hija Soledad le confirmaba: «Mi padre nunca dejó de pensar en Dios». Cuando la Constitución de la 11 Repú­blica Española. puso en entredicho –y se aprobó al final, en su artículo 26– la enseñanza por las Ordenes y Congregaciones religiosas, Ortega se manifestaba «acatólico» –al menos entonces–, defendió los derechos de la Iglesia con un ardor que dejaba «boquiabiertos», incluso, a los diputados de la CEDA. (Así me lo reconocía Recasens Siches. en Méjico. en 1965).

          Dada la universalidad de su pensamiento y de su obra, su vigencia se detecta por el interés que hoy mismo se percibe en China. o en la Alemania occidental y del Este. Fue un descriptor de realidades que fueron alumbradas por Ortega, como en La rebelión de las masas, o en La España invertebrada, o en Meditaciones del Quijote, o en sus conferencias Vieja y muera política. No tenía, sin embargo, un sentido de conductor. Sí de iluminador. como gustaba decir a Gomez de la Serna. Apegado a la realidad de España –que la conoce bien. como es el caso de sus conferencias en Santa Cruz de Tenerife–, a la sociedad contemporánea. y los acontecimientos histórico-sociales sucesivos de los primeros cincuenta años del siglo XX. Le hacía estar alerta, despierto, y siempre reflexivo y persuasivo.

Enseñar a pensar a los españoles

          Todo lo anteriormente dicho, explica las dificultades de poder sintetizar su gran obra, o las propias vicisitudes de su vida, tan rica en facetas que Javier Zamora, últimamente, nos ha descrito en su libro «Ortega y Gasset», 2002, o que su hijo Miguel —su «arcángel»— nos recrea en la animada tertulia en su casa, con unos cuantos amigos.

          De ahí que nos hayamos propuesto delimitar tres aspectos muy concretos, pero muy sucintamente resumidos, remitiéndonos a la obra ya citada, o también a la Conferencia en el Centro Cultural de los Ejércitos, 2005, sobre la receptividad de Ortega en la España contemporánea. (Aludimos específicamente a algunos datos del mencionado congreso de la «Fundación Ortega y Gasset»).

          En mi etapa universitaria en el Colegio Mayor Cerbuna, de Zaragoza, se puede decir que inicié, a partir de su «Misión de la Universidad», mi primera «navegación» orteguiana. Fue el estudio sobre su visión acerca del Derecho, en la que me entregué más a fondo, sabiendo luego cómo su padre le insistía para que estudiara esa carrera, que no llegó a terminar, por las circunstancias que en mis trabajos se detalla. Pero ya se desprende cómo la preocupación o la manera de entender la Política estaban presentes, aunque sólo y primordialmente fuese pedagogía social.

          El otro punto, el de la Milicia, lo traigo aquí en atención a esta tarea de FUNDAMU, como cuestión que merecería la pena ahondar, tanto por la naturaleza del servidor profesional de las armas, como sobre el concepto de la guerra.

          Son tres temas —Universidad, Política y Milicia— de una transversalidad científica o filosófica, dentro de la problemática de aquellas tres dimensiones. Acudiremos a textos orteguianos. Será como dar entrada a un aire fresco, lozano, persuasivo, que en todo caso nos serviría para el objetivo más querido por Ortega: enseñar a pensar a los españoles. (Naturalmente, repetimos dejando al lado muchos otros temas. Por ejemplo, el que llama Gonzalo Redondo, Las empresas políticas de Ortega y Gasset, Madrid, 1970, obra digna de ser conocida y estudiarse, porque enlaza con buena parte de las cuestiones a que nos limitamos en esta lección).

LA UNIVERSIDAD, EL UNIVERSITARIO

El Paraninfo: gritar no es hablar.

          En el otoño de 1930, al final de la etapa de la Dictadura del General Primo de Rivera, y previo al artículo ya citado El error de Berenguer, en el Paraninfo de la Universidad Central, Ortega dictará una conferencia, que hará historia, dentro del pensamiento y de la acción orteguiana. Desde el comienzo quiso situarse en aquel púlpito de lo que se habría llamado el Caserón de San Bernardo, residencia del Provincialato de los Jesuitas, afectado por la desamortización, sobreviviendo —en la Universidad— el recinto de la capilla principal. Fue una conferencia desde el púlpito, publicada en diversos sueltos en El Sol, y luego convertida en libro, cuyo impacto fue excepcional. Ortega se expresó al comienzo, así:

          "Las condiciones acústicas del Paraninfo universitario me impi­dieron desarrollar en su integridad mi conferencia sobre "La reforma universitaria". En aquel local que rezumaba la amarga tristeza de todas las capillas exclaustradas... La voz del orador queda en el aire asesinada a pocos metros de la boca emisora. Para hacerse oír, es forzoso gritar. Gritar es muy diferente de hablar... Doy a continuación las notas que sobre este grave asunto —tema visceral de toda reforma universitaria— llevaba yo al púlpito del Paraninfo...".

          Así se expresaba Ortega, planteando lo que para él era un estudio a fondo sobre la misión de la Universidad, institución que perforaba todo su ser, toda su filosofía y todo su pensamiento. Ya cuando marchó a Alemania, con una beca de la Junta de Ampliación de Estudios, a continuar sus estudios de Filosofía (1899-1907), cabría preguntarse qué buscaba en el fondo, que le atraía. La respuesta era la siguiente:

          "Un idealismo, defensor de la cultura, como principio para el desa­rrollo de la Ciencia en España, a través de la pedagogía".

          «Lo universitario» fue siempre lo transversal de todas sus reflexiones. Por eso, su tono no era académico ni academicista (Electo en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, no leyó su discurso de ingreso). Ya que, a la vez,le embargaba un profundo amor a España, tratando de remodelarla, a partir de la juventud —la universitaria— que es la que él más trataba, desde su cátedra de Metafísica, haciendo la reforma del Estado, desde la reforma de la Univer­sidad. Le dio un plus a «lo universitario», y al universitario, no para corregir abusos, sino tratando de crear usos nuevos.

¿Para qué existe, para qué está y tiene que estar la Universidad?

          Las estructuras anglosajonas y alemanas no sirven como "modelos", sí como información. Su contenido está en hacer del universitario un profesional en sus especialidades, y además, hacer en la Universidad, investigación. formación de investigadores, más que culturizar. Reconstruir la unidad vital del hombre europeo. Enseñar lo que se pueda enseñar, y lo que se pueda aprender. El sujeto-protagonista es el estudiante. No el saber, no el profesor. Hacerle un hombre medio y un hombre culto, separando la profesión de la ciencia. Bus­cando la dignidad de la Universidad, el «alma», de la Universidad. El diseño de su gran lección estaba en estos puntos:

1.-   Cuestión fundamental. Referida a lo que anteriormente expusimos: la misión de la Universidad.

2.-   Principio de economía en la enseñanza, ya que el alumno, y el universi­tario, no puede aprender todo lo que se le pueda o se quiera enseñar.

3.-   Lo que la Universidad tiene que ser primero: Universidad-Profesión-Ciencia.

4.-   Cultura y Ciencia.

5.-   Lo que la Universidad tiene que ser además: buscar un poder espiritual que ayude a encontrar el destino del hombre europeo, su dignidad, y el contacto con las realidades externas, o públicas, que no les pueden ser ajenas.

Efectos: toma de conciencia. La Milicia Universitaria

          Tras la posguerra, la Ley de Ordenación Universitaria de 1943 quiso encontrar un aire orteguiano trascendente. Esa fue la concepción derivada de la influencia de muchos profesores e intelectuales de entonces, a la vez que trataba de reflejar el espíritu de la Universidad tradicional, especialmente en los ámbitos del Derecho Natural, o la impregnación religiosa. Pero antes, incluso, la semilla estuvo en los Cursos de Verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, de Santander —Palacio de la Magdalena—, a los que gustaba asistir a Ortega, juntamente con Recasens Siches y otros —Lago Carballo ha hecho antología de esta etapa de 1932-1936. También, por el otro lado, hay que recordar las preocupaciones del grupo que capitaneaba don Angel Herrera, Abogado del Estado, con don José Larraz, don Pedro Altabella, don Casimiro Morcillo, con estudios referentes al socialismo y el marxismo, entre otros. Más adelante, Lain Entralgo, López Ibor, López Ortiz, García Escudero, y nosotros mismos (El problema de las oposiciones en España, 1957, A las puertas de la Universidad, 1958, La Universidad por dentro, 1959, Lo religioso en la Uni­versidad, 1959, Derecho al estudio y su rentabilidad económico-social, 1961, Ejército y Universidad, 1963, Educación, Universidad y profesión, 1964, La Universidad española, 1967, junto a otros múltiples estudios posteriores que han tenido siempre el muñón orteguiano, que motivó buena parte de mi producción intelectual y filosófico-jurídica y social).

          Puede decirse, pues, que esa toma de conciencia de lo universitario, se iniciaba con el estudiante, acerca del cual, en otros muchos temas de su obra (V. la nuestra Ortega y Gasset en el pensamiento jurídico, ya citada, 2003, tercera edición) quedan impregnados o rezumados, con sentido pedagógico y persuasivo, vivo, ayudados por su magna prosa, por la claridad de sus ideas, y la ejemplaridad de su vida. Siempre con amor, nunca con crispación, con «anti»: «Los jóvenes no tienen razón en lo que niegan, pero sí en lo que afirman», gustaba repetir más de una vez.

          Que duda cabe que, además, propugnó un estilo y una manera de ser uni­versitario. Y eso, pese a tantas vicisitudes políticas de 1930-1936-1939. El SEU recogió alguno de estos propósitos para relacionarlos con su servicio a la Patria, a través del Ejército. Fue fácil —junto al patriotismo— encontrar una tarea universitario-castrense, como la Milicia Universitaria, a la que le da categoría en el propio artículo 35 de la Ley de Ordenación Universitaria, de 1943. Es más, nosotros pensamos, aquí y ahora, que si se quiere dar un diseño, un valor, o una impronta universitaria, en posibles reformas, a las Academias militares de los tres ejércitos, con sus campus, y sus especialidades, habrá de encontrarse en los criterios orteguianos una buena base, no sólo de titulación o equiparación, sino de motivación y estímulo de vocaciones militares hacia una Cultura de Defensa y de la Paz, de la que la Milicia Universitaria fue pionera.

La Política

          A Ortega y Gasset no le fue ajena la Política, con mayúscula. Le venía, en buena parte de familia, en la que hubo algún ministro Gasset. También el padre, en su condición de director de periódicos, en Málaga y Córdoba, y luego en El Imparcial, o El Sol. Era un buen conocedor de los asuntos polí­ticos, en la etapa de los primeros 30 años del siglo XX de la vida española y europea, rica en conflictos y problemas. Algunos —en el interior— con riesgo de consumarse no sólo la desvertebración de España, sino también la entrega al marxismo-comunismo. De talante liberal, aunque social, Ortega estuvo siempre despierto a todas las ideas.

          Buscó la claridad en las realidades, agentes sociales y creencias. Entonces, vislumbró los partidos políticos, de izquierda y derecha, como casos de hemiplejia mental. Cercano a la Federación Universitaria Española-FUE, de carác­ter socialista, no dejó de colaborar cuando se le llamaba. Pero, por ejemplo, dejó de hacerlo cuando le solicitaron una conferencia para hablar del anticlericalismo. En su columna de El Sol, abordaba temas políticos, como José Larraz tocaba de igual forma en El Debate, las cuestiones económicas por indicación de su compañero de carrera, abogado del Estado, don Angel Herrera, que no le eran ajenas.

Redención de provincias

          Más atrás quedaba su recordada conferencia en 1914, Vieja y nueva polí­tica. Porque no hay que olvidar que, además, Ortega era un infatigable viajero, y se puede decir que conoció y visitó todos los lugares de España. En distintos artículos, aparentemente ligeros, aunque siempre de gran pulcritud literaria —El espíritu de las letras, Origen del español, Tierras de Castilla, Temas de viaje— desarrolla ideas que estaban ya impregnadas en su España invertebrada:

          "Castilla ha hecho España...El campo de Castilla no es sólo árido, desértico, áspero, hay en él una huella de abandono...Siente el caste­llano cierta vergüenza, cuando se sorprende, complaciéndose en algo. Para el francés, opuestamente, vivir es gozarse en vivir". (Obras completas, Vol. II, Pág. 44, 253, 367, 374).

          "La cultura de Castilla fue bélica. El guerrero vive en el campo, pero no vive del campo. El campo es para él, campo de batalla”. (En teoría, sobre Andalucía, El Sol, 1927).
 

          Ponerse intelectualmente a ras de tierra, pudo ser —creemos nosotros— lo que llevó a Ortega, no sólo a la contemplación de la realidad de las tierras de España y de sus gentes. Acaso, por más equilibrios que él se haría a sí mismo, ante un activismo político, o sentir y vivir España misma, en alguno de sus problemas cruciales, persistentes en siglos anteriores. En resumen, "una redención de provincias".

          En otro lugar, dice:

          "Errónea idea de presumir que cuando Castilla reduce a unidad española a Aragón, Cataluña y Vasconia, pierdan estos pueblos su carácter de pueblos distintos entre sí y del todo que forman parte. Nada de estos sometimientos —o incorporaciones— significan la muerte de los grupos como tales grupos, la fuerza de independencia que en ellos perdura... les obliga a vivir como parte de un todo, y no como todos aparte. Basta que la fuerza central, escultura de la Nación —Roma en el Imperio, Castilla en España— amengüe para que se vea automáti­camente reaparecer la energía secesionista de los grupos adheridos... La Historia de la decadencia de una nación es la historia de una vasta desintegración" (Incorporación y desintegración, Ob. c., III, Pág. 54).

          Este texto, para nosotros, es uno de los más acusados y profundos en Ortega ante el tema de la Política (con mayúscula). Aunque, aparentemente pudiera desmentirle otro texto, que a mí me gusta repetir con frecuencia:

          "El Estado no es más que una máquina situada dentro de la nación para servir a ésta. El pequeño político tiende siempre a olvidar esta elemental relación y cuando piensa lo que debe hacerse en España, piensa en rigor sólo lo que le conviene hacer en el Estado y para el Estado" (La Política por excelencia, 1927, III, Pág. 456)

          Y añado en este punto otro pensamiento, que me parece crucial para ver los intentos de Ortega de huir o hacerse presente en la Política:

          "Ni este volumen ni yo somos políticos. El asunto que aquí se trata es previo a la política y pertenece al subsuelo. Mi trabajo es oscura labor subterránea de minero. La misión del llamado "intelectual" es, en cierto modo, opuesta a la del político. La obra intelectual aspira, con frecuencia en vano, a aclarar un poco las cosas, mientras que la del político suele, por el contrario, consistir en confundirlas más que estaban" (La rebelión de las masas, Ob. c., Pág.130).

          Hay un lanzamiento tímido, cuando Ortega y Gasset, tras su famoso artículo —noviembre de 1930—, «El error de Berenguer», que es uno de los textos en prosa más preciosos, como se ha dicho, con su final «Delenda est monarchia», hace una radiografía sociopolítica de España, ya casi sin marcha atrás. Vendría luego el Pacto de San Sebastián, de todas las fuerzas políticas no monárquicas, y no de derechas. Ortega ya no puede quedarse meramente mirando al balcón de los acontecimientos. En El Sol publica el día 102-1931, el Manifiesto para una regeneración de la política, a que llevase a la regeneración de España. Se crea la Agrupación al Servicio de la República, encabezada por Ortega, Marañon, Pérez de Ayala, que preside Machado. Adhesiones sin cuento, de intelectuales de distintas tendencias y profesiones, y hasta de sacerdotes. Los intelectuales monárquicos se agrupan a través de don Eugenio D'ors. Al llegar la II República, el 14 de abril de 1931, Ortega vacila en transformar aquella Agrupación en partido político. En Aragón, a través de José Gaos, hay resis­tencia a ello, pero, al fin, predomina el criterio mayoritario de las distintas representaciones para convertirla en partido político. La movilización, efecti­vamente, y las adhesiones fueron enormes. Parecía aconsejable no desaprovechar tantas energías y espectaculares éxitos. Fueron 16 diputados en las Cortes constituyentes. Pero llegó a la presidencia, Alcalá Zamora, ex-ministro de la Monarquía y católico. Un buen presidente de las Cortes constituyentes pudo y debió haber sido Ortega y Gasset. Se quedó de presidente de la Comisión Constitucional, con Alfonso García Valdecasas, que venía también del campo monárquico.

          Ortega, metido de lleno en la política activa, vivió de cerca los incendios de los areneros de los jesuitas, y el populismo le obligaba a seguir con su pulcritud intelectual, su debate profundo, en especial en la definición de la II República, como «República democrática de trabajadores de toda clase». Habría que encajar el predominio de la carga ideológica de los socialistas y separatistas.

          Se batió fuerte, tanto o más que la CEDA, en el famoso artículo 26 sobre la enseñanza de las congregaciones religiosas. Fueron espléndidos sus debates con Companys, y sobre todo, con Azaña, sobre el Estatuto catalán. (V. Azaña-Ortega. Dos visiones de España, Madrid, 2005). Era difícil acoplar los postulados más concretos que la Agrupación propugnaba como la sindicación obligatoria, consejo empresarial, separación de Iglesia-Estado con un plazo de diez años, reforma agraria con basamento jurídico, etc. En la obra de Margarita Marquez Padorno, La Agrupación al Servicio de la República. La acción de los intelectuales en la génesis del nuevo Estado, Madrid, 2003, hay numerosos detalles de las vicisitudes, deserciones e incomprensiones planteadas por la izquierda y la derecha.

Retirada y soledad

          Se refugió en su soledad intelectual. Resignado. «No es esto, no es esto». También detectaba signos trágicos en un futuro político. José Antonio Primo de Rivera —cuya muerte trágica lamentó tanto el filósofo desde su exilio de la zona republicana— le dedicó un «Homenaje y reproche a Ortega y Gasset». Por lo demás, silencio. A los más avezados, como García Valdecasas, lo vería­mos en la intervención de la fundación de la Falange, aunque aquél aclara más tarde su posición y presencia en la mesa de mero regeneracionista. Y alguno, como mi paisano de Cella (Teruel), Vicente Iranzo Enguita, sería Ministro de la Guerra, Ministro de Marina, y Ministro de Transporte. Recasens Siches, que por su vinculación iusfilosófica estuvo siempre cercano a Ortega, pero no en la Agrupación, había sido Director General de Administración Local, según decían los periódicos de entonces, para revitalizar la conciencia republicana en los municipios. En agosto de 1936, acepta ser Subsecretario de Industria y Comercio. Preside la Comisión que junto a la Pasionaria y otros miembros socialistas y comunistas, han de conseguir armas de León Blum. En París, cerca de la torre Eiffel, Recasens se esconde en un portal y en un barco desde Normandía se exilia a los Estados Unidos. Y más adelante se asentará en Méjico. (Otro intelectual metido en política pequeña).

          El gran maestro Ortega, y su gran discípulo Recasens Siches, siguen la ruta del silencio. En ambos, un temor y miedo al marxismo. El primero, cerca siempre de España (Francia y Portugal); el segundo, más lejanamente y más para contemporizar, aunque nosotros le pudimos convencer de que visitara o se quedara en España. Ortega regresó tan pronto terminó la II Guerra Mundial, y se presentó en el Ateneo con una conferencia sobre arte, siendo sus primeras palabras, aparentemente retóricas, con la «indecente salud española».

          Siguió su trayectoria intelectual y filosófica, dio numerosas conferencias y ciclos. Se publicaron
¿Qué
es filosofía?, El hombre y la gente. Dice su hijo Miguel, en el prólogo a la obra antes referida:

     "Como médico e hijo suyo, siempre sospeché que las enfermedades más serias que le aquejaron a partir de su salida de España se debie­ron, entre otras razones, a la pena que le producía el mal ambiente social y político que se vivía en su Patria, cuyo futuro veía incierto" .

LA MILICIA: GUERRA Y PAZ

Distinción de guerrero, soldado, militar, militarismo-antimilitarismo

          Ortega, como en tantos otros temas de la vida real, prestó atención a la Milicia. Nosotros reflejamos aquí, en su síntesis, por un lado, en el sujeto de aquélla, el guerrero, el soldado, el militar. Y por otro, en la fenomenología, la de la guerra, y la paz. No hay en Ortega, como ocurre en otras cuestiones, una posición metodológica o sistemática. Estas reflexiones le vienen dadas al filósofo, como meditación ante situaciones concretas, se trate de un hecho –I Guerra Mundial– o de libros –como el de Max Scheler, El genio de la guerra v la guerra alemana. Se apega siempre a las circunstancias, las cuales, histó­ricamente, han ido evolucionando, para ver en cada momento lo que pudiera brillar de voluntarismo agrio en una guerra, o de explosión de espiritualidad. Incluso, como datos personales, frente a algunos e importantes discrepancias con la II Guerra Mundial, Ortega, en principio, elogió la reforma en el Ejér­cito, por la «ley de Azaña», cuando él la vio como una manera de reestructuración profesional y técnica. Posteriormente, hubo de convencerse –porque no le faltaron amigos militares– que en el fondo constituyó un instrumento de depuración y de politización.

          No hay duda, sin embargo, que las glosas orteguianas al respecto, nos vienen bien para hacernos pensar sobre el tema, que es permanente en la sociedad contemporánea, si sabemos situarlo en las circunstancias, en que fueron expuestas. En esta ocasión, porque los cambios operados sobre la guerra y la paz, han quedado fuertemente desdibujados o superados. Precisamente por eso, y porque sigue sin encontrarse un modelo fundamental, nos parecen útiles traerlas aquí y ahora, en el ámbito de la Universidad y de la Milicia Universitaria. Como invitación para seguir –sea en cátedra o en seminarios– un estudio más sosegado y sereno, de tal manera que una u otra institución, con sus experiencias, puedan aportar algo sólido a las controversias políticas y sociales al respecto, en nuestro tiempo. Es lo que a Ortega, estoy seguro, le encantaría.

El guerrero, el soldado, el militar

          En Aventuras del capitán Alonso Contreras (Ob. c., IV, Pág. 496), se le ve interesado o insistente en la profesionalidad. Hacia 1600 –dice– se empieza a hablar de profesionalidad en los tercios, en tanto en cuanto por esos años hay funciones del Estado, en donde el Ejército es instrumento, no finalidad, porque en sí la desconoce. «El puro soldado no tiene fe en nada, carece de raíces en una disciplina interna, y la bondad o malicia es una cuestión interna» (influencia maquiavélica). «Contreras es ejemplo de este tipo de soldado. Antes de la Edad Media, había "guerreros" y "caballeros". Después, ha habido el militar. Pero la máquina militar es ciega. La "Batalla" es lo de menos...» (la idea de profesionalidad está resaltada, en Misión de la Universidad).

          Esta descripción embrionaria y gráfica, la vuelve a traer en Notas de estío (Ob. c., II, Pág. 42):

          "Una cosa es el guerrero y otra el militar. La Edad Media desco­noció el militarismo. El militar significó una degeneración del guerrero, corrompido por el industrial. El militar es un industrial armado. Fue organizado por el Estado contra los castillos. Con su expansión comienza la guerra a distancia, la guerra abstracta del cañón y del fusil".

Las palabras que sostienen al guerrero

          Hay un segundo paso, en esta especie de "cronicón" histórico, sobre lo que pudiéramos llamar hechos militares y bélicos concretos. Algunos afectan a Ortega, y de ahí el darles un aire más vivo y colorista. Por ejemplo, en Horizontes incendiados (Ob. c., Pág. 130), en los comienzos de la I Guerra Mundial:

          "En esta guerra no se ha escuchado una sola palabra espiritual. Sí, es una guerra triste... no sólo una guerra cruel... Los franceses cumplen sus obligaciones, tristemente. Desearía que el cumplimiento del deber tomase un aire más alegre. Desconfio del heroísmo triste. ¡Qué le vamos a hacer!. Los alemanes combaten también tristemente. Combaten con saña, con prisa —perdónenme la ingenuidad— con un exceso afán de vencer... Mas la guerra también es gloriosa: la impul­sora del humanismo destino (Schiller)...En toda guerra grande, venza quien venza, los derrotados son siempre los filisteos... los burgueses, en cuyas manos la vida se congela, se petrifica... El régimen en que viven los parece inconmovible, por toda la eternidad. Asimismo, las nociones sobre Dios y sobre el hombre, el gusto artístico y el código moral... Nos pone en contacto con la realidad profunda y esencial. ¿Errores? Creer que las ideas puestas en primer término durante la guerra, son las que regirán los años futuros. Todo lo contrario, las palabras que sostiene al guerrero, lo avergüenzan cuando ha vuelto la paz. Diógenes, mori­bundo, prevé la invasión macedónica y ruega, sutil, a sus amigos, que en la tumba le coloquen boca abajo, "porque pronto todas las cosas —dice— se pondrán al revés".

          Es difícil expresar mejor las ideas y sentimientos de Ortega, en aquellos primeros meses de 1916, no sólo con adjetivos, sobre la guerra comenzada, sino atisbando el futuro. (Me acuerdo ahora. irremediablemente. de mi visita con amigos de la Milicia Universitaria de Málaga al campamento de la Legión de Montejaque, en los primeros meses de 2004. Iban a marchar a Irak, pocos días después. Cuando hemos vuelto allí para celebrar el día Nacional de la Milicia Universitaria, y como quiera que se produjo la "retirada" a las pocas semanas de llegar, de la mayor parte de la oficialidad y de la tropa, ya no se encontraban en el Tercio en los primeros días de noviembre de 2005).

          Precisamente por la adecuación a los hechos, en 1918, terminada la I Guerra Mundial —cuya tristeza y efectos había descrito Ortega—, en La fiesta del armisticio, cuenta las glorias de Inglaterra, de Estados Unidos, etc.

          "Gloriosos Estados Unidos, tierra de mocedad, donde la vida pulsa con tal pujanza que no parece sino que todos los días la estrena. Nación multifórme que ha sabido aspirar de los milenios pasados, la esencia de la mejor humanidad. La par, es algo más que la cesación de la guerra, ahora es algo humanamente positivo y seguro. Señores: España saluda con una activa jaculatoria de esfuerzo a esos pueblos, creadores de la paz. Por eso, yo, en esta fiesta de copas alegres, brindo...y concluyo: por la paz que ha sido hecha, por los pueblos gloriosos que la han forjado... ".

La guerra y el pacifismo

          Aunque no haya un estudio orteguiano completo, sobre la guerra y la paz, no cabe duda —como antes ya anticipé— que el tema de la Milicia, el guerrero, el soldado, y el militar —con distintos valores, también según las "circunstancias"—, debe ser completado con la óptica con que Ortega examinaba la obra de Max Scheler, Der Genius des Kriesge uttd der deutsche Krieg (El genio. de la guerra y la guerra alemana, 1915). El texto ocupa largamente las páginas 192-222 de las obras completas, Tomo II). Es de advertir y destacar que Scheler va a ser el filósofo alemán que va a permitir a Ortega, superar su neokantismo inicial que le había encantado, para ser atraído por la fenomenología de Husserl, a su vez completado este nuevo camino por el pensamiento de Max Scheler —el cual, por cierto, inspiró también una buena parte de la orientación filosófica de Juan Pablo II. Aunque hubiese discrepancias creadoras.

          Nosotros, aquí, nos vamos a limitar a recordar la obra y sugerir como una buena fuente para cuantos quieran profundizar en esta cuestión, en tanto en cuanto, pueda servir de pauta reflexivas para cuantos —militares y civiles—tratan esa nueva Cultura de Defensa, que tiende a asentar más claramente el
papel de las Fuerzas Armadas: la de sus profesionales, y los objetivos y medios, tanto humanos, como materiales, para cumplir una misión en la actualidad en años venideros, tanto con los nuevos aires de la guerra convencional el terrorismo, o tareas excepcionales en la sociedad civil, ausente de valores, tecnificada, secularizada, y de escasa motivación castrense.

          Ortega y Gasset comienza por destacar esa obra de Max Scheler, y al propio autor: un profesor de filosofía perteneciente a la nueva generación. Sus ideas hierven abundantes. Con una primera parte, la "filosofía de la guerra, que es ciencia"; y otra segunda, la aplicación a la realidad, con el apasionamiento hacia el futuro, el cual —según Ortega— «no es más fe». Destaco algunas afirmaciones que Ortega comenta o subraya:

          "La verdadera guerra no busca al aniquilamiento de agrupaciones humanas naturales, sino un nuevo reparto del poder espiritual colectivo sobre esas unidades naturales, como principio dinámico de la Historia —llega a decir Scheler—. En esa fenomenología de la guerra está el tema del pacifismo. "El error original del pacifismo consiste en partir de una concepción estática, y por tanto, falsa de la historia. Y glosa, críticamente, la óptica del filósofo alemán en cuanto afirma que "El Estado beligerante es el Estado en la suprema actualidad de su existencia... Scheler habla como un predicador, como un ahogado. Frente a Scheler diría yo: Hay en efecto, en la guerra un motor biológico y un impulso espiritual que son altos valores de humanidad. El ansia del dominio, la voluntad de que lo superior organice y rija lo inferior, constituyen dos soberanos ímpetus morales... ¿Es cosa tan clara, por ventura, la relación entra la justicia y la guerra?... Como la injusticia del derecho positivo no nos impide ver su interna aspiración de justicia, así la bar­barie a la guerra no debe cegarnos para la justicia de la guerra".

          Ortega destaca algunas ideas de Max Scheler, dentro de la ética y metafí­sica de la guerra, como aquellas en las que acepta hablar de la "unidad real de la vida y del Reino de Dios... que nos hace sentirnos y vernos, en cuanto hombres, y aun en cuanto puros espíritus personales, como hermanos e hijos de un padre divino".

Resalta Ortega, de otro lado, aun dentro de su crítica o glosa, el carácter casi metafísico, o teológico que Scheler suele poner en el tema de la guerra. Con una nota a pie de página, casi al final (página 221), que es expresiva del impacto en el filósofo español de Max Sheler en este punto:

          "Al entregar los beligerantes todo su ser a la decisión misteriosa de la guerra que es razonables –en otro momento dirá "justa"– según Scheler, que crea cada cual tener a Dios de su parte, y lo invoque al entrar en el combate. No porque pretenda –aquí viene la irónica retórica de Ortega– cada uno acaparar a Dios, como un soldado más, sino porque, convencido un pueblo de su justicia indiscernible por humanos tribunales, se entrega confiado a la divina sentencia.

          No me extiendo más, porque lo que pretendía es hacer una invitación a la reflexión profunda que a Ortega le llevó el libro de Scheler, y que a lo largo de su producción filosófica e intelectual, le acompañarán permanentemente, con aclaraciones, respuestas o rectificaciones maduras del pensamiento de Ortega al respecto. Bien es verdad que en el filósofo esta problemática bélica, la veía más en los momentos cruciales, pero puede decirse que sus puntos de vista trascienden incluso a una visión de una Europa equilibrada, como mostró en una famosa conferencia «De Europa meditatio quaedam», con vistas a una sociedad europea más integrada en sus soberanías, superando las guerras y represalias. Pero esto es otro tema que aquí no podemos tratar, aunque sea sugerente.

 

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