JESÚS LÓPEZ MEDEL * Homenaje al Dr. Miguel Ortega Spottorno(II) Historial médico y familiar por el Dr. Fernando Pardo
   

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Homenaje al
Dr. Miguel Ortega Spottorno (II)

Historial médico y familiar
(Dr. Fernando Pardo)

EL DÍA * Tenerife
13 DE FEBRERO DE 2007

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Quiero expresar en primer lugar mi agradecimiento a los organizadores de este acto, por el alto concepto que tienen de los valores cívicos y humanos, en honor de mi maestro y amigo el Dr. Miguel Ortega.

Le conocí hace 60 años, cuando en el año 46 inicié mis estudios de especialidad en el Instituto de Patología médica de Madrid, en el hospital de San Carlos, que dirigía el profesor Marañón. El Dr. Ortega era el jefe del Servicio de Patología Digestiva en este instituto. Había adquirido su formación al lado del recordado profesor Hernando y posteriormente en Freiburg, una de las clínicas alemanas de más prestigio. En aquellos años era verdaderamente un lujo y una gran suerte haber tenido, como tuvo él, como profesores a los doctores Hernando y Marañón.

Desde mi ingreso a trabajar en este hospital mantuvimos una amistad sin solución de continuidad, al principio entre maestro y alumno, y luego como dos sinceros amigos. Durante mi estancia de varios años en Madrid tuve muchas oportunidades para darme cuenta de su clarividencia mental, su curiosidad intelectual, de sus conocimientos científicos y de su total carencia de cuanto oliese a engolamiento o pedantería, algo muy frecuente en algunos profesores de su época. Era evidente su severo comportamiento ético con la vida del enfermo al que atendía y su cordial disposición para cualquier causa noble. En sus expresiones se vislumbraban siempre sus convicciones liberales, porque el ser liberal es estar dispuesto siempre a entenderse con el que piensa de otro modo y en no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que son los medios los que justifican el fin. Tenía una palabra reposada, exacta y un gran sentido clínico al hacer las historias de los enfermos. Como no teníamos los avances técnicos del día de hoy, la exploración física de los enfermos y su diagnóstico estaban basados en una historia clínica lo más detallada posible y bien hecha.

A su lado aprendí a resolver no sólo los problemas que se presentaban todos los días en nuestro ejercicio profesional, sino también una serie de gestos y modos, seguidos de un comportamiento especial ante las diferentes situaciones que plantea la vida humana en sus múltiples vertientes.

Cautivado por la sencillez que irradiaba en su labor hospitalaria, pronto pasamos de ser profesor y alumno a ser dos amigos cordiales. Al cabo de un año comencé a ayudarle por las tardes en su numerosa consulta privada y algunas veces también en la consulta de la Seguridad Socia, que en aquellos años se estaba iniciando en España.

En ocasiones viajábamos a pueblos de la provincia o de otras limítrofes a visitar enfermos que le requerían su opinión. Esto me permitió conocer pueblos como Morata de Tajuña, Campo de Criptana o capitales como Albacete y Ciudad Real, entre otras. En el año 55, al fallecer su padre, me pidió que viniese a Madrid a sustituirle en su actividad privada unos días, porque estaba profundamente afectado, lo que hice inmediatamente.

Descansaba muy poco, porque, desde el año 46 en que regresó su padre a España, estaba además constantemente pendiente de él. Incluso, como en el invierno le gustaba tomar el sol en El Retiro, al salir del hospital íbamos a buscarle para llevarlo a casa a la hora del almuerzo. Don José tenía allí, en El Retiro, de una a dos, una tertulia con amistades variadas que le acompañaban siempre. Y cuando llovía iba a la Editorial de Bárbara de Braganza, en donde tuve la suerte de conocer a sus magníficos discípulos, como Julián Marías, Fernando Vela y Paulino Garagorri, entre otros.

El Dr. Miguel Ortega vivía en medio de un entorno singular ya que a su trabajo médico al lado del profesor Marañón unía una formación intelectual extraordinaria, que le propiciaba su padre, con el equipo que le rodeaba, en el cual destacaba la caballerosidad y la elegancia psíquica.

A la izquierda el Dr. Ortega Spottorno, cuando era colaborador de Don Gregorio Marañon, 
--a su derecha--  quien con su padre Don José Ortega y Gasset
y Pérez de Ayala crearían en 1930 la Agrupación (de intelectuales) al servicio de la
República, extinguida en 1932.

Pero, a pesar de reunir estas condiciones vitales para ser feliz, tuvo que superar dos sucesos tristes y desagradables a los que hizo frente con una entereza digna de encomio. El primero tuvo lugar cuando, al estallar la Guerra Civil, se dio cuenta del peligro que corrían sus padres si se hubiesen quedado en Madrid. Inmediatamente les hizo abandonar su casa y los internó en la Residencia de Estudiantes del Pinar, llevándolos a los pocos días a Alicante para embarcar hacia Francia. Todo este periplo se hizo en un momento en que don José estaba afectado por un severo proceso biliar que necesitaba tratamiento. Así continuó con ellos hasta que el profesor Gosset, de París, le intervino. Esta decisión suya, de salir de Madrid inmediatamente en agosto del 36, le salvó la vida a don José. Existía en aquellos momentos en la ciudad una versión de los anarquistas y comunistas expresada en el diario "Claridad", que decía que su filosofía había impregnado las mentes falangistas.

El segundo suceso fue la muerte de sus tres hijos Miguel, Carmen y Magdalena, ya adultos, con sendas enfermedades que no pudieron superar. Si nuestra evolución lógica nos lleva a que los hijos entierren a sus padres, en este caso tuvo que ser a la inversa. Y ante esta tragedia y desgracia, muchos nos dimos cuenta de lo que significaron en su mente y en el desarrollo de sus actividades habituales estas pérdidas tan especialmente sensibles.

No obstante, su gran fortaleza física y su recia estructura le condujeron a adquirir una longevidad nada común y seguía celebrando reuniones semanales con sus amigos en su domicilio y en alguna comida en La Gran Peña, tertulias éstas inolvidables por la gran capacidad intelectual de sus componentes. Tuve ocasión de asistir a alguna de ellas y no pude olvidar nunca a uno de los tertulianos. (Decía con ironía, que cuando iba a misa los domingos con su esposa, en vez de darle la paz en el momento indicado por el sacerdote, le manifestaba dándole la mano: "¡Tregua!"). Así llegó al final de su vida en el año 2006, después de ser atendido exquisitamente por su esposa Gisela, a la que debemos agradecer -y soy testigo- sus desvelos y dedicación a sus enfermedades, ante muchas incomprensiones hospitalarias y asistenciales, muy frecuentes hoy ante personas que han rebasado lo que podíamos llamar el dintel de lo vitalmente correcto.

Miguel vivirá en nuestro recuerdo. Como decía su padre, los muertos mueren completamente cuando mueren; luego, largo tiempo permanecen. Muchas gracias.

Doctor Fernando Pardo

 

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