JESÚS LÓPEZ MEDEL * Homenaje al Dr. Miguel Ortega Spottorno(V) Ortega mi padre"
   

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Homenaje al
Dr. Miguel Ortega Spottorno (V)
Ortega, mi padre

EL DÍA * Tenerife     
13 DE MARZO DE 2007     

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Hemos tratado en otras ocasiones del doctor Miguel Germán Ortega Spottorno, del que fui paciente agradecido, a lo que él correspondió soportando con paciencia durante más de veinte años mi asistencia a su tertulia, celebrada en lo que, si nos lo permite la Conferencia Episcopal, venía a ser una especie de santuario del culto debido a Ortega y Gasset, no sólo primer filósofo español -como a él le gustaba- celtibérico. En cuya comparación la Fundación Ortega significa sólo una fórmula literaria, ocasional, transitoria, como todas las escuelas, excepto la de Hipócrates, y asentada en algo tan sólido como la familia, de la cual el doctor Ortega, médico, ostentó con legítimo orgullo la condición de primogénito y heredero legítimo, aunque a veces alejado y desconocido, una especie de exilio familiar, en virtud del cual los reyes y los príncipes se hacen más poderosos y absolutos que en el ambiente cortesano y feudal.

Del doctor Miguel Ortega, en cuanto médico, ya ha tenido algo que decir, con placer. Ellos hacen una guerra justa y necesaria, aunque la pierden siempre al final; a veces al principio. También en cuanto Miguel fue no sólo conocedor de la obra escrita y publicada por su padre, obra siempre incompleta, como era propio de su condición vitalista. Además, quedan siempre de todo autor inéditos, acaso los más íntimos, sin olvidar la elocuencia poderosa, también, de los silencios. Don Miguel fue desde su infancia interlocutor de su padre, y aun del padre de éste, o sea, de su abuelo Ortega Munilla, y se las arregló para escuchar también las confidencias por la parte de madre,  los Spottorno, italianos, o más bien genoveses, y de Austria y Lombardía. Además, fue Miguel fotógrafo, conductor o mecánico, emisario, secretario, confesor de su padre. Y confesor agudo, dotado de doctrina psicológica, fisiología normal y patológica, de los que calan a los penitentes, sin necesidad de oírlos. Basta tomar el pulso y distinguir lo vivo de lo muerto, supremo saber médico.


Publicado en Buenos Aires 1941

Acerca de un librito que ha circulado con un tierno nombre, al menos por lo familiar, "Ortega y Gasset, mi padre", nadie lo iba a dudar, fue doña Rosa Spottorno una dama española tradicional, católica. "Lo mejor de mí mismo", la definió dogmáticamente el propio Ortega, infalible para una inmensa mayoría. Ignoro yo si nuestro médico reunió méritos suficientes para ocupar un sillón en la Real Academia de Medicina. Pero mi ignorancia es como debe, aguda y obstinada.

Ya pudo movérseles el cuajo a los colegas de la ciencia y el arte de curar y ofrecer un asiento al discípulo dilecto de Marañón, y en su equipo y escuela Miguel fue el gran especialista de digestivo, y además médico humano y humanista por herencia directa, que hubiera puesto en la docta corporación un sello peculiar e indistinguible por distinguido. Más grave me parece la pasividad de otra Academia, la de la Historia, que ha estado en la Luna, en la media luna, porque la luna llena es suficiente y bastante para iluminar la necesidad de que entre los historiadores tenga un papel y un puesto un tipo especial de ellos, el médico y sus historias clínicas. Más acertados estuvieron al traer a su seno al necesariamente repetido Marañón. Historiador y médico, médico historiador, biógrafo de personajes que él miró como enfermos y supo diagnosticar su actuación política, militar, literaria, siempre familiar, porque familias hay muchas, aparte de la única y ejemplar de María, San José y el Niño Único. Los médicos constituyen, asimismo, a su modo una gran familia. Y los historiadores otra, aunque mal avenidos entre sí, partidarios o no del cadáver que auscultan, diseccionan y exponen, con sus restos y arrestos. El género de historia clínica, que practicamos a veces los juristas, tratando del Derecho y de su hermano gemelo, adulterino pero más fuerte, el Antiderecho.

En el último año, el transcurrido desde que terminó nuestra tertulia, un servidor ha experimentado eso que dicen un bajón. Piensen ustedes que, semana tras semana, Miguel Ortega nos daba a sus contertulios unas dos o tres horas de hospitalidad en su casa de Martínez Campos, 39. No olvidemos la servidumbre de paso y ocupación que soportaba su fiel compañera Gisela. El anfitrión no dejaba de ser médico y nos aplicaba la saludable mirada hacia el paciente. No prohibía el tabaco, pero lo cierto es que tal vez en su mirada, además de auscultarnos, se expresaba el antiguo y cortés "No fumar". De hecho, he visto a algún contertulio apurar la colilla en el portal y con ello librarnos de la peligrosa pasiva fumarada, todavía, en el hecho de que uno fijo y algunos transeúntes en la tertulia ostentasen asimismo condición de galeno, para que sucediera una especie de consulta médica, sin palabras ociosas, pero muy efectiva. Como la que merecen los jefes de Estado y pacientes ilustres. Lo cierto es que salíamos confortados y llevábamos a casa algún consejo sobre la dieta, el consumo de frutas o prevención de los cambios, todos peligrosos, de climas y de tiempos.

Ese libro, librito, "Ortega, mi padre", tiene sólo doscientas páginas, de las cuales las fotos ocupan un cuarto, o más el impresionante índice onomástico. Una nómina de mal calculados seiscientos personajes aspirantes a la fama. Una pequeña historia, como pide el paladar posmoderno. La historia de más de un siglo, el XIX, y casi dos, el XX, ya en la lontananza. En 1983 daba ya sus últimos pálpitos y tenía en su seno las palpitaciones del futuro que avanza acelerado, vertiginosamente. Historia sí, de España todavía, ya en liquidación, por fin de temporada y por derribo.

Con la monarquía estuvo relacionado el bisabuelo de nuestro Ortega, Juan Spottorno, cónsul en Prusia, nombrado en 1842 por Espartero, duque de la victoria liberal. Por supuesto, reinando Isabel II. Pero él mismo ejercía dicha función en favor de Suecia y Sajonia desde 1838. Todo esto sin salir de Cartagena. Allí era propietario de un palacio donde se había alojado Alfonso XII, y donde tenía una habitación reservada el general Juan Prim, amigo de la familia. Miguel Ortega llegó a ver ese edificio antes de que los herederos, venidos a menos, lo vendieran; recordaba sus salones espléndidos. Se conservaba una silla utilizada por Alfonso XII, adornada con una lápida conmemorativa. En ese palacio había almorzado el zar de Rusia con su Estado Mayor, con ocasión de la visita de su escuadra al puerto. La construcción del palacio era magnífica, con mármol de Carrara; tuvieron que traer artífices de Italia, que permanecieron en la casa dos meses a mesa y mantel. Los Spottorno eran de  familia distinguida y acomodada. Miguel estaba tan orgulloso de los Spottorno como de los Ortega. Y dominaban en él los rasgos maternos. Especialmente su buena instrucción católica, obra de doña Rosa, una jovencita que hacía ejercicios espirituales con los jesuitas, cosa que horrorizaba a su novio. Pero ella repetía al año siguiente, y él la encontraba cada vez más luminosa.

Rafael Gibert
Catedrático emérito de Historia del Derecho

 

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