Jesús López Medel

Académico

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EL SANTO CURA DE ARS Y SU IMPACTO SACERDOTAL


Estamos en la conmemoración de los 150 años de la muerte del cura de Ars (Francia), Jean Marie Vianney (1786-1859), beatificado y canonizado en 1925 y en 1929, por Pío XI, quien lo declaró patrono del clero parroquial. Este comentario quisiera exponer someramente su impacto sacerdotal de nuestro tiempo. Algo tendrá el santo cura de Ars, para que el Papa Benedicto XVI, sin esperar al centenario de su muerte, quiso que el período 2009-2010, sea el Año Sacerdotal en la Iglesia Universal. Motivaciones teológicas las tendrá el Santo Padre para ello. Así las va transmitiendo a sus obispos. Acaso sea una de sus graves preocupaciones, como consecuencia de los ataques, incluso asesinato de sacerdotes. O casos especiales en Estados Unidos y en Latinoamérica. Porque el sacerdote es y será pieza angular en la Iglesia. Juan XXIII, en “Sacerdoti nostri” afirma que cuando se trata de destruir lo religioso, se comienza atacando al sacerdote.

El santo cura de Ars nace en plena Revolución Francesa –1786--, que supuso una persecución religiosa, superior, según historiadores, a lade Diocleciano. El laicismo del Estado afectó a toda la sociedad francesa. Los sacerdotes sobrevivientes tuvieron una gran tarea. San Pío X sintió abiertamente la necesidad de reencontrar sacerdotes preparados, como otros Cristos, llenos de amor, humildad, sacrificio y preparación. Dentro de la Ciudad del Vaticano, está el Preseminario San Pío X, que dirige monseñor Enrico Radice. EL pequeño pueblecito de Ars no estuvo ajeno a la blasfemia, la obscenidad, la persecución. La oración, el confesionario, casi sin límites, y el fervor eucarístico hicieron luego de Ars un lugar de peregrinaciones.

En España, coincide los años de su canonización con la aparición de lo que nosotros hemos denominado “La generación sacerdotal del 27”, esto es, aquellos nacidos con el siglo XX, que se incorporan apostólicamente después, luego de una fase de decadencia marcada por la generación del 98. Miles de aquellos sacerdotes también fueron mártires. Muchos empezaron en zonas rurales, pobres, y desapercibidas. Pero en todas las diócesis se encontraron obispos y directores de seminario excepcionales. Don Manuel del Sol fundó la Hermandad de los Operarios Diocesanos. En diversos trabajos, hemos tendido la oportunidad –y la responsabilidad— de poder dar a conocer a mosén Jesús López Bello (1904-1990), sacerdote aragonés, nacido en Daroca (Zaragoza), el cual, a través del confesionario, la oración, la predicación --con un centenar de homilías, inéditas en la II República y posguerra--, la dirección espiritual, el fervor eucarístico, humilde, también amenazado de muerte, se entregó calladamente a la obediencia y disponibilidad de los obispos, catequesis, atención a los enfermos, y a la dirección espiritual de religiosos y religiosas – varios centenares dispersas hoy por varios continentes-- y familias.

Esa generación del 27, cuya historia merecería completarse, ya cumplió su misión. Estarán en la comunión de los santos. Siguió otra generación posterior, que ha empezado a desaparecer. Don Juan Antonio Gracia, ilustre canónigo y escritor, destacaba a dos sacerdotes, a los que nosotros hemos conocido y valorado: don Juan Gasca Saló y don José Melero Navarro. El primero, el sacerdote mayor de la archidiócesis aragonesa, nació en Encinacorba, en 1912, y se ordenó en junio de 1936. Cura rural, en los municipios zaragozanos de Pinseque, La Joyosa y Marlofa, a cuyos feligreses entregó su talento, su fe y su preparación. Trató –y fue su biógrafo— al conocido don Juan Buj, de quien heredó un fervor eucarístico excepcional, dirigiendo la revista “Jueves Eucarísticos”, tarea que compartía con la de coadjutor de las parroquias de San Miguel, San Vicente, Cristo Rey y la del Pilar, de Zaragoza. Había Sido secretario del Año del Pilar, que le encomendó el arzobispo, don Pedro Cantero.

Don José Melero nació en abril de 1921, en Bisimbre (Zaragoza). Ordenado en 1947. Ambientes parroquiales rurales, entre otros, en Tronchón (Zaragoza), Olocau del Rey (Castellón) y Burbáguena (Teruel), y coadjutor, con otro santo sacerdote, don Andrés Estrada, entrañable amigo de mosén Jesús López Bello, en la parroquia de Daroca. Es significativo que esa dedicación a las almas en zonas y pueblos aragoneses, le vino muy bien para que, en sus últimos cuarenta años, ejerciera de párroco y capellán mayor en la catedral de la Seo. Su papel, en larga etapa de rehabilitación de las obras –inacabables--, el trato con arquitectos, historiadores, informadores, etc. lo ejercía con sencillez, y con plena dedicación digna de resaltar. En la basílica del Pilar, la misa de las doce de la mañana estaba a su cargo. Una predicación directa y catequética, era muy bien recibida. Valedor del Rosario de Cristal, una procesión que ha alcanzado un interés nacional.

Ambos sacerdotes eran cercanos a mosén Jesús López Bello, compenetrados, llenos de humilde entrega a sus fieles y a sus obispos. Naturalmente, han sido otros muchos sacerdotes como “pequeños curas de Ars”, los que llenaron Aragón con sus 300 mártires, la historia eclesial de los últimos 100 años, los que preceden a los 150 años de la muerte del cura de Ars. Merecería que en otras archidiócesis se “descubrieran”, en estos años de secularización, su papel ejemplarizante. Como recuerdo, al menos, del impacto del Cura de Ars, en la Iglesia Universal de su tiempo y en el Año Sacerdotal 2009-2010, como desea nuestro Pontífice.


Jesús López Medel
Académico

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Publicado en: EL DÍA S/C de Tenerife
DOMINGO, 20 de junio 2010