Jesús López Medel

Académico

puerta

Presencia misionera de España en Extremo Oriente (un recuerdo y una esperanza educadora)


No es fácil resumir en unas cuartillas las vivencias de una estancia breve, casi misionera, hace ya años, en la vieja isla de Formosa, hoy Taiwán, en la China no comunista. Lejana en la distancia de España, exótica y bella. No fue un viaje turístico o de placer. Ha habido mucho de compartir en días señalados, con una parte de los misioneros españoles -dominicos y dominicas, especialmente- que estaban allí en pie. Algunos, como el P. Marcelino Delgado y el P. Montero, DESDE los años 1934 o 1936.

El desplazamiento estaba motivado, singularmente, por la circunstancia de querer conocer a la M. María Gloria del Amor, priora del monasterio Madre de Dios, de Kaohsiung, novicia que fue de la M. Teresita del NIÑO Jesús, en el Madre de Dios de Olmedo (Valladolid), en los años 1952-54, cuya biografía hicimos por encargo de las MM. Dominicas del monasterio Nuestra Señora del Rosario, de Daroca (Zaragoza). Obra que, bajo el título "Vivir con amor en la verdad. Sor Teresita del Niño Jesús, una dominica de nuestro tiempo", motivó, entre otros factores, la INICIACIÓN de su proceso de canonización. El testimonio escrito de la M. Gloria estaba incorporado a la obra citada. Y pareció conveniente vivir esos días junto a aquel monasterio del lejano -lejanísimo- Oriente para percibir así el espíritu, el alma, la vida monacal y contemplativa de las cerca de treinta religiosas dominicas en las que se vislumbraba aun el rico sentido misionero de sor Teresita, con el aporte de M. Teresa Ortega, en las fundaciones del Madre de Dios por todo el mundo.

Aparte de las glosas y conversaciones acerca de "Vivir con amor en la verdad", para mí el impacto espiritual más fuerte fue percibir que, dentro de ese mundo chino, hay una viabilidad ecuménica cristiana. Un desarrollismo natural, no tecnocrático, de Taiwán, país de mayor reserva de divisas; se TRABAJA hasta las diez o las once de la noche; se exporta mucho, apenas se importa; con una capacidad de imaginación o de "imitación" impresionante, con muchos niños; con un sentido trascendente -en reencarnación de la vida- de las obras y del hacer el bien; con una limpieza de costumbres -y de programas televisivos-, aunque sí mucha polución y motos; con muchos dólares de renta per cápita; con un sentido de gratitud hacia su héroe y defensor del anticomunismo en Asia, Chian Kai-Shek, cuyo monumento de varias hectáreas en la capital, Taipei, sirve de fermento educativo, y de ejemplaridad para el pueblo taiwanés.

Todo esto, sumado al idioma, costumbres, "letreros", grafología, geografía... PUEDE hacer difícil una penetración cristiana o apostólica. Pero lo significativo es que las misiones de Dominicos y de Dominicas visitadas, y especialmente el monasterio Madre de Dios, de Kaohsiung, constituyen reservas y avanzadillas de nuestra fe. A raudales. De la comunidad de religiosas dominicas, unas 21 eran chinas. (Alguna anda por Olmedo, y otras en el Madre de Dios de Camerún). Pero qué hermoso oírlas preguntar por sor Teresita del Niño Jesús, y sobre todo verlas rezar y cantar. Qué alegría interior. No me extraña que el obispo de la época, Paul Shan, jesuita, con quien conversamos largamente, quisiera pasar con ellas la Semana Santa. O que constituya un centro de espiritualidad en Taiwán al que acuden religiosos y religiosas de otras comunidades cristianas, como reducto de vida contemplativa, e incluso de otras religiones, o agnósticos, para encomendar sus problemas y suplicar una oración.

Ocurre aquí en el MENSAJE misionero que sor Teresita Pérez Iriarte y M. Teresa Ortega tuvieron -en estilos diferentes- COMOuna "trasfusión de sangre" PARA nosotros, los "cristianos cómodos", o "viejos" del mundo occidental, en el que la fe apenas se valora. Y es verdad que se vuelve de allí aprendiendo, como una ejercitación espiritual, nueva, superadora. Como un mazazo para nuestra inercia. Por el "hombre nuevo" que los chinos -convertidos- muestran palpablemente. CUENTO una anécdota:

Habíamos llevado una imagen de Santo Domingo de Guzmán que las religiosas de Olmedo nos habían encomendado. Y por nuestra parte, además de unas pequeñas estatuillas, capillas o mantos traídos de ZARAGOZA, una imagen de la Virgen del Pilar de medio tamaño. ¡Qué alboroto se armó en el locutorio! El cristianismo allí tiene que mostrarse en expresiones vivas, pues son signos y no palabras, ni sílabas, lo que expresa su forma de comunicabilidad. Como un jeroglífico impresionante, en las manifestaciones externas, o del lenguaje. Se entonaron los himnos a Santo Domingo. Y el de la Virgen del Pilar, cantado por todas las voces -hay solamente dos aragonesas, M. María Gloria, priora, y sor Encarnación- mayoritariamente chinas. Y ¡qué bien lo hicieron! Me parecía estar en el Pilar de Zaragoza un 2 de enero. Luego, en la iglesia se daría lectura a un texto de entronización de la Virgen del Pilar, compuesto por el sacerdote aragonés mosén Jesús L. Bello, previa a la bendición de las imágenes por el P. José Legido, salmantino (la revista "El Pilar" les llega como comunicación prioritaria de España.

Hay en Taiwán el reconocimiento del valor de la educación, que subyace en la filosofía ética de Confucio, como resorte de rearme moral y de progreso. Visitamos un gran colegio de Dominicos chinos, ya independientes de la provincia española, y un colegio de Ursulinas. Un sistema educativo coherente, y con un respeto y atención por las familias y de la sociedad (en Hong-Kong conocimos otro de Dominicos para unos 8.000 alumnos).

Pese a la industrialización y al desarrollo, me hace pensar que este gran pueblo de Taiwán mantiene las raíces de lo familiar muy arraigadas. Eso no es obstáculo para potenciar -por la educación, también- su propia identidad nacional, y el respeto a las demás creencias. No me extraña que, pese a las distancias y experiencias duras, vividas por algunos de estos misioneros -el P. Ceferino Ruiz había escrito un precioso libro editado en inglés y CASTELLANO, "Mis días de prisión en la China comunista-" gran parte de ellos quieran permanecer allí hasta el final de sus días junto a los más jóvenes, valientes, abiertos, alegres (PP. Juan José, José Ignacio, etc.)

Si uno tiene ocasión de conocer a algunos chinos "convertidos", como Magdalena, un "ángel" que nos fue puesto por las Dominicas de Kaohsiung como guía y experta, o Clara, por los Dominicos chinos de Taipei, resulta hermoso percibir un poco, o entreadivinar lo que serían los primeros cristianos, por su generosidad, la lozanía de su entereza, de su hacer el bien con naturalidad, como en puntillas, reverencialmente.

Volvimos de Taiwán -feliz, pujante, trabajador- admirando y conociendo las raíces de su gran futuro. En lo material y en lo espiritual: porque al fin y al cabo, la fortaleza de su fe, aunque en minoría, les hace pensar en lo hermoso de ese trasplante fecundo, del mensaje evangélico que nace en la tierra de Jesús y que se proyecta en el Lejano Oriente, allá en la China -en la continental-. Parece que la firmeza de sus misioneros y la oración estén facilitando el final de la persecución. Y en la nacionalista, en Taiwán que fue la última fortaleza anticomunista y que sigue siendo vigía y reserva en avanzadilla ético-moral y cristiana. El Madre de Dios de Kaohsiung-Taliao nos dejó esa huella y esa esperanza. Aunque vaya a ampliar la ubicación, y sor Teresita del Niño Jesús sea venerable.

Jesús López Medel
Premio Nacional de Literatura

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Publicado en: EL DÍA S/C de Tenerife
DOMINGO, 25 DE NOVIEMBRE DE 2012